La Poderosa


Diario de un viaje, en colectivo by hastalavictoriasiempre
5 agosto 2008, 4:16 pm
Filed under: La Poderosa en Buenos Aires, La Poderosa en Tucumán

 

¿Por dónde empezar? ¿Por la sequedad de la garganta o la humedad de los ojos? ¿Por las manos que empujaron o las piernas que llegaron? ¿Por tanto esfuerzo de base o por tanta alegría en la cumbre? ¿Por el subte de Corrientes o las nubes de San Javier? ¿Por los Buenos Aires o la Buena Yerba? ¿Por la boca de Ale, abierta frente al imponente Congreso de la Nación, o por la mirada de Brian, agigantada de pera a pelo para tragarse tanto paisaje, tanto verde, tanto aire tucumano?

Como Ale, otros 19 chicos llegaron al obelisco desde Yerba Buena el miércoles 23 de julio, para vivir una experiencia inolvidable, que duró en Buenos Aires hasta el sábado 26 a la noche, cuando el equipo tucumano se subió a un micro de dos pisos, acompañado por Brian y otros 22 nuevos amigos porteños, que por primera vez viajaban hacia el Jardín de la República, o que por primera vez viajaban. Todo risa, todo amistad, todo popular. Sin ninguna mano benefactora, ni sponsors, ni estrategias comerciales, y sin cederle a nadie el rédito que sólo le corresponde a los barrios, partió la caravana con 43 pibes, elegidos por sus compañeros como consecuencia de su compromiso con el trabajo de equipo para fortalecer a sus comunidades.

El sueño, despierto desde hace tanto tiempo, rodó hasta el jueves 1 de agosto, cuando el micro regresó a Buenos Aires, después de una noche eterna, con empanadas de tantas madres, con paltas rellenas de afecto, con baile desquiciado, con fogón de buena madera, con lágrimas de emoción, de ovación, de explosión, de corazón. Y entonces, hubo intercambio de camisetas, y abrazos, y abrazos, y abrazos.

¿Y por dónde empezar? Quién sabe. El diario de viaje empieza por el principio, que sin dudas no ha sido el principio, y se extiende hasta el final, que de final no tiene nada.

 

DIA 1

 

 

 

Parecía un error. Tenía que serlo. Lo era. No podía ser éste el día 1, si ya tanta gente había transpirado, si tantos pulmones respiraban agitados, si tantas cabezas se veían humeantes, en Buenos Aires y en Tucumán. Los nervios, originados en la idea de pelear por este sueño, contraatacaban ahora al sueño, diseminando desvelo. Cada jugador de fútbol popular, cada entrenamiento barrial y cada jornada regional, como cada gestión anónima y voluntaria, habían hecho posible este día, que simbólica y erróneamente pasó a ser en algún momento “el primer día”, porque ya no había nada que esperar, porque ya todo estaba listo para rodar: en Yerba Buena, una delegación de Fútbol Popular de Tucumán, se subiría finalmente a un micro, a las 5 de la tarde, rumbo a Buenos Aires, con los bolsos cargados de alegría y de orgullo, sobre todo, de orgullo. Tanta ilusión hecha acción daba sus frutos y ahora tan sólo restaba comerlos. Todos, todos a Buenos Aires, por primera vez.

 

DIA 2

 

 

Terminal de Retiro. Llegó la delegación de Tucumán, y Buenos Aires la recibió con una premisa: “Para cansarnos, el resto del año: hay que vivir estos días al máximo”. Pitazo inicial. Cargamos los bolsos y caminamos hasta la parada del 101, donde un chofer nos invitó a subir y se ganó el primer aplauso del viaje. En colectivo, como siempre, llegamos al hospedaje de Tucumán, en el barrio de Once, para zambullir galletitas en chocolatada. Y con el eco de los bolsos cayendo al piso, se abrió la puerta para la primera excursión. A caminar por el centro, hasta el Congreso. “¿Dónde están las carpas del campo, que reclamaban por las retenciones?”, preguntó Ale, de 12 años, dando pie a una charla sobre qué cosa es el Congreso y a qué se dedican los que están ahí. Aprendimos un poco de todos y, para confirmar que efectivamente se trataba de ese Congreso, Ale volvió a contestar, preguntando: “¿Aquí votó Cobos, verdad?”. Minutos después, se enteraban de la visita tucumana los cientos de palomas de la Plaza de los Dos Congresos.

La ruta siguió por Corrientes y, de ahí, derecho al obelisco, ése que se veía en la tele y en las figuritas del colegio. Foto, foto y foto. ¿Y qué es eso que está ahí? Boca abajo, esperaba el subte. “¿Cómo un tranvía?”, algo así. “¿Cómo sabés cuándo tenés un subte abajo?”, o “¿Cómo sabés si va a cerrar la puerta?”, son algunas de las cuestiones que se charlaban, camino al subsuelo de la ciudad. Y así partimos en caravana hacia un restaurante de la Recoleta, que nos esperaba para almorzar, a todos juntos, Buenos Aires y Tucumán.

Hubo hamburguesas, integración, papitas, risas, helado y una sorpresa. De repente, en una pantalla enorme, empezó a iluminarse un video que llegaba desde algún lado, un rostro inconfundible, marcado a fuego por un bigote de paja de escoba que le atraviesa la cara. Eber Ludueña estaba ahí, con algo urgente que decir: “¡Bienvenido Tucumán! Yo siempre quise ser un jugador de Fútbol Popular, pero cada vez que me llamaron, no me encontraron. No tomen mi ejemplo, porque como jugador, no me faltó nobleza, pero me sobró torpeza. Y por eso, ¡los envidio! Sanamente… Y los felicito por esto que están viviendo, con el Fútbol Popular. Ahora, que puedo estar junto a ustedes por esta magia del video tape, les quiero pedir algo, de corazón: guárdenme un sándwich… En un tapper”. Catarata de aplausos, que todavía chorrea en el eco de la Recoleta.

Con la panza llena, arrancamos en el 92 hasta Retiro nuevamente, pero ya no para ver el desperdigamiento de turistas y cámaras digitales hacia todos lados, sino para conocer el potrero y la realidad de la villa 31, barrio que contiene a 4 equipos del Fútbol Popular. Gran recibimiento. La cancha de once, con luz, público y buena onda, esperaba a la delegación de Tucumán, que disfrutó allí sus dos primeros partidos en Buenos Aires. Fútbol para conocernos, para aprender, para crecer, hasta que se hizo de noche. Fideos, con salsa carbonara, duchita y a dormir, que el sueño ya había empezado: del otro lado de la noche, nos esperaba la Bombonera.   

 

DIA 3

 

Despertador, baño, galletitas, chocolatada, campera y a la calle. En ese orden, en ese tiempo. No era un madrugón así nomás, ni arriba Juan hay que ir a la escuela. Nos habíamos acostado con un rumor, con un sueño, con una posibilidad, que asomaba en una noche nublada. Y amanecimos con sol. Arriba Tucumán, para ir a la Bombonera. Salimos para allá, a la cancha de Boca.

El 168 frenó a metros de Casa Amarilla y empezamos el recorrido por el gimnasio del club, donde estaba entrenando la Selección argentina de Futsal. Toque y toque, vimos, aplaudimos y caminamos hasta la tribuna lindera al entrenamiento de la Primera, protagonizado por mayoría de jugadores de la Reserva, porque el plantel estaba de pretemporada. Pero él no, el tucumano estaba ahí, justo debajo de nosotros, cambiándose. Y eligió subir. Juan Krupoviesa, eligió subir: “Me alegra que hayan venido desde Tucumán y que estén haciendo todo esto en equipo. Es importante que ustedes disfruten, más allá de los resultados, porque a esta edad lo importante es jugar y divertirse. Por eso, quería felicitarlos”, dijo, entre abrazos bien cerrados y bocas bien abiertas.

Digiriendo todavía la magnitud del encuentro, nos mandamos por los órganos de la bombonera, hasta una boca de luz, que nos puso en hilera. Como si fuéramos ese equipo, como equipo que somos, salimos a la cancha, a mirar y a mirarnos. Llegamos hasta ahí, como sólo queremos llegar desde aquí. Por jugar, entramos a la Bombonera. Enorme. Asombrosa. Se escuchaban sus latidos, o quizá los de tantos pibes que hacen grande al Fútbol Popular.

Paseamos un rato por el museo boquense, donde vivimos la experiencia de salir a la cancha en un juego virtual y conocimos algo más sobre la historia de Boca, para luego coronar la mañana con tremendas hamburguesas en las parrillas del club. Y entonces sí, todo empezaba a calmarse, en torno a la cámara que guardaba como un tesoro la foto de los chicos junto la gigantografía de Rodrigo Palacio. La ansiedad, la emoción, la locura, encontraban reposo, cuando la puerta de alambre, junto al estacionamiento, se abrió. “Permiso”, dijo, Rodrigo Palacio. Y abajo las hamburguesas. Y arriba todos. Y ahí van los pibes, y ahí van las madres, y ahí van los besos, y ahí vienen los autógrafos. “Yo quiero que me firmes acá”, dijo Tubi, de 9 años, arremangándose un brazo. “¿En el brazo?”, preguntó Rodrigo. “En el brazo”, confirmó Tubi. Y otra firma en una gorra, y otra firma en un buzo, y mil firmas, para ningún contrato. Y en medio del torbellino, Rodrigo se sumó al reconocimiento: “Sigan así chicos, porque es importante que a esta edad se dediquen a esto, a jugar y a pasarla bien. Con esfuerzo, pueden llegar hasta dónde sueñen”.

Finalmente, se fue. Físicamente, se fue. El resto del día surgiría en cada chiste, en cada recuerdo, en cada comentario. Pero no había tiempo para hacer memoria sentados. Ya estábamos caminando por los colores de caminito, con una guía que nos contaba la historia de Buenos Aires, rumbo a la parada del 152, junto al puente de transferencia de La Boca.

Andando ya por Puerto Madero, Alejandro volvió a darnos clase, cuando sugirió que “se parece a la opera de Sidney, en Australia”, para que todos sigamos aprendiendo. No conocía Buenos Aires. Sidney tampoco. “Pero me gusta leer… Más que nada novelas e historia argentina”. Allí, entramos a la Fragata General Sarmiento, para recorrer el barco, antes de pisar la Plaza de Mayo, frente al Cabildo, la Casa Rosada y la Catedral. “Allí dice 25 de Mayo de 1810, por nuestra liberación”, volvió a acotar Ale, ya devenido en fuente de consulta de todo el contingente. Sobre sus saberes y sobre el césped histórico de la Plaza, caímos rendidos a merendar, gaseosa y galletitas.

Saturados de información y emoción, llegó el tiempo de descansar, en el cine. Sobre Lavalle, fuimos a ver la película de Los Simpsons y, de ahí, al hospedaje otra vez. Más metegol, más rondas para conocernos y un guiso de aquellos, que terminó en helado. Pasaron las doce. “Mañana” se jugaría la jornada y se terminaría el viaje, pero ese dato ya era viejo: este viaje no tendría fin. 

 

DIA 4

 

 

 

 

El Clarinete nos despertó con el eco de la charla con Krupoviesa. No sólo de malas noticias viven nuestros barrios y, jugando en equipo, se va logrando que otros se enteren. Leyendo la experiencia de la Bombonera en el diario, también por radio llegaron saludos para la delegación de Tucumán, que ya estaba camino a Ezeiza, para participar como invitada de la cuarta jornada de Fútbol Popular de Buenos Aires. Una ronda de 450 chicos recibió con aplausos a la caravana tucumana y la pelota empezó a rodar. Hubo fútbol, capoeira, folklore, teatro, integración, recreación, fútbol tenis, taller de radio y mil rondas para seguir conociéndonos, hasta que se consumió la mañana en el arroz con pollo del almuerzo y se diluyó la tarde en el jugo de la merienda, para entonces sí, meternos en las duchas, porque el micro ya estaba en once, esperando para partir, con toda la delegación tucumana de regreso y con toda la delegación bonaerense de partida.

Juntamos las bolsas, los bolsos, y ya estábamos ahí, ante el monstruo de dos pisos que nos trasladaría hasta el norte de la Argentina. Todos unidos, los barrios de Buenos Aires. Todos unidos, los barrios de Tucumán. Todos unidos, en un micro a fuerza de Reggaeton, hasta la primera parada, para cenar juntos, a las 24. Se afianzaban los recuerdos que se llevaba Tucumán y las expectativas que se llevaba Buenos Aires, en un colectivo que ya era eso, un colectivo. Florencia, la dama del equipo porteño ya se había ganado, con parla y buena onda, la autoridad suficiente como para ponerle los puntos a todos cuantas veces hiciera falta. Pero no hacía falta. Nacía un equipazo interprovincial, y se iba un día más.

Inadvertido, Tubi también se había bañado y, por consecuencia lógica, se le había borrado la firma de Palacio. Se la volvió a dibujar arriba, en el mismo lugar. Y se acostó a dormir en el micro, arremangado, con la misma sonrisa que ayer.

 

DIA 5

 

 

Dormidos (los que pudieron) o despiertos (los que pudieron) compartimos el amanecer, con un verde que encandilaba los ojos. Esto es Tucumán. Arriba que llegamos. Mirá ese reloj, todo de hojas, todo de plantas. Y ahí nomás, en el centro, nos esperaba un restaurante con sus puertas abiertas, sus milanesas fritas y sus papas irresistibles. Sin demasiado tiempo para la digestión, subimos al micro y fuimos derecho a un club, donde el Fútbol Popular de Tucumán recibiría a la delegación de Buenos Aires, en una nueva jornada, ahora tucumana.

Y otra vez, hubo fútbol en todas las categorías, fotos en todas las poses, sambas en todas las voces y artistas callejeros compartiendo lo popular. Merendamos juntos, entre cantos y zapateos, y otra vez, a bañarnos, rápido, porque en Yerba Buena, nos esperaban para cenar. Panchitos y a la cama, porque el viaje había sido largo, casi tan largo como el día de mañana. A dormir otra vez, pero ahora bajo la lunita tucumana.

  

DIA 6 

   

 

Silbatos y palmas, para convocar al desayuno en el parque del hospedaje, con una canchita que había anochecido ocultando su entorno. La conocimos en su plenitud, al amanecer. No tenía tribunas, ni pista de atletismo. Tenía sol, un sol radiante que la encendía y un pedazo de sombra, de destino incierto para quienes la admiraban desde un cuarto, por las ranuras de la persiana. Hubo que salir para entender su origen, como si no bastara respirar hondo para averiguarlo. Venía de ahí atrás, del cerro San Javier, un puño de tierra imponente custodiando un arco, a sus espaldas, haciendo del potrero una postal que posiblemente no se vaya a borrar nunca más de la memoria visitante, ni de la identidad local.

Después los bizcochos, los libritos y el mate cocido, salimos para la reserva ecológica, Horco Molle, a visitar a los cocodrilos, los monos, los pavos reales, las lechuzas, los gatos silvestres y las otras mil especies que subsisten en tierra tucumana. Tantos animales vimos y conocimos, que Matí, de Zavaleta, se impactó al observar la última jaula: “Miren, ¡personas!”.

Un centro cultural abría sus puertas ahora y nos atrapaba entre fideos, para enredarnos un poco más y para sorprendernos, con una ronda de reflexión acerca de cómo nos tratamos y con una obra de teatro de improvisación, que canjeó mil risas por diez mil aplausos. ¿Ya salimos? Parece que salimos. ¿Qué averiguan? Averiguan si pasa el micro. ¿Si pasa el micro?

El micro pasaba, justito, pero pasaba. Y entonces, hubo que subir, con un poquito de miedito, pero hubo que subir al cerro San Javier, ¡y menos mal! Desde ahí, se pudo ver todo Yerba Buena desde arriba,  Reggaeton”. Ahí sí, fotitos así, fotitos asa, fotitos de todos los colores. Y de vuelta, un largo camino a casa, la casa grande, la casa de todos, la casa de la canchita. Al llegar, él estaba ahí, entregado. Blanco y radiante, empapado y con olor a queso, daban ganas de comérselo todo. Y no las reprimimos. Desapareció el pastel de papas.

 

DIA 7

 

Hoy vamos a casita. Ni a la tuya, ni a la mía. No podía faltar la visita a “la Casita histórica de Tucumán”. Antes, por la mañana, un taller de integración entre los chicos de diferentes barrios de Buenos Aires se desarrolló en la Plaza Marcos Paz, donde cada grupo pinto en témperas lo más lindo que hasta entonces había conocido de Tucumán. Una pinturita. De ahí, a comer ñoquis al hospedaje. Una masa. Y de ahí, al centro de Tucumán, para conocer la Casita y para pasear por la peatonal. Aprendimos más acerca de la gestación de la independencia y conocimos San Miguel de Tucumán, viajando en colectivo y comiendo panchuques.

A los jugadores de Buenos Aires los esperaba la última noche como cónyuges de la canchita, y eso lo sabían. Lo que no sabían era que también los esperaba un fogón. Y todos los chicos de Tucumán que habían viajado a Buenos Aires. Y muchas de las familias de esos chicos. Y 300 empanadas amasadas por las madres. Y decenas de paltas preparadas para la ocasión. Y las hamburguesas de la última cena juntos. Y sí, entre tanta emoción, tenía que suceder algo terrible, y sucedió.

Quizá no habría que contarlo, pero fue terrible…

Tal vez sea difícil de explicar y sería mejor no decir nada, para no confundir el mensaje, pero la verdad, fue terrible.

Puede que se vuelva denso leer tanta indecisión, pero sinceramente fue terrible y no es fácil recordarlo…

Terrible, ¡terrible fiesta en el corazón de Yerba Buena! Música a todo volumen, baile de una mini odalisca, chicos, chicas, abrazos, lágrimas y una noche para encuadrar, bajo el cerro y las estrellas.

 

DIA 8

 

 

 

Último día en Tucumán. La sombra del cansancio parecía devorarse la sombra del cerro. Y entonces hubo una decisión unánime: matarla con la indiferencia. A las 7 de la mañana, todos arriba, para ir a conocer la Cascada, aunque hubiera que esperar el colectivo otra vez y así hubiera que caminar 6 kilómetros para llegar al agua. No hizo falta. Plantado el equipo en la terminal de una línea de colectivos, se consiguió el transporte para llegar hasta la cascada, y entonces sí, a la sombra de los árboles, en el corazón del San Javier, bajo una catarata de agua helada, llegó la hora de zambullirse en un festejo de muchos, bajo cero.

Pasados por agua, volvimos a almorzar, arroz con pollito, antes de armar los bolsos. Ya listos, hubo murga y una caminata hasta Campo Norte, donde también late el Fútbol Popular de Tucumán. Se fue ahí el último partido y, a la sombra del cerro, se cambió una camiseta del Fútbol Popular de Buenos Aires por una de San Martín de Tucumán, en un abrazo y un gesto que trajo nuevas cascadas, pero ahora a gotitas y de agua salada. Llorando se terminó el encuentro, que ya espera rencuentro.

 

Con mucha emoción y sacando pecho, la delegación de Buenos Aires partió finalmente en micro, a las 17, hacia la Capital Federal, con los mismos nombres que había llegado tres días atrás. Las mismas caras, las mismas voces, los mismos bolsos, los mismos gestos. El grupo no, el grupo ya no era el mismo.

 DIA 9

 

 

Sin entregar ni un solo centímetro de la identidad barrial, se construyó desde el primer minuto hasta el último de este viaje inolvidable. Al igual que los partidos de fútbol, los transportes, la comida, los hospedajes y las excursiones fueron consecuencia del compromiso comunitario, por lo cual los únicos protagonistas fueron los pibes de los barrios. Cada uno de los recursos se consiguió con el esfuerzo de los vecinos y el aporte de otros voluntarios anónimos dispuestos a participar de esta lucha sin clavar banderas comerciales, ni partidarias, ni personalistas.  

 Así, el micro llegó a Buenos Aires, el jueves por la mañana. Todos cansados, todos felices, todos dormidos. ¿Por dónde empezar? Otra vez, por ahí. Abramos los ojos, cerremos los puños y volvamos a partir de un sueño. Que vengan a decirnos que somos ingenuos. Que somos débiles. Que el fútbol es empresa. Que la infancia se negocia. Que el hambre vale. Que el hombre no. Que el barrio se alquila. Que pecamos de juventud. Que claudicar es madurar. Que el ser no es humano. Que la memoria es rencor. Que el planeta está podrido. Que las utopías se marchitaron. Que los luchadores se olvidaron. Que la naturaleza es catastrófica. Que se cura con fuego. Que no habrá hombre nuevo. Que la acción se abandona. Que la ciudad no perdona. Que la resistencia no resiste. Que el interior no existe. Y que el mundo es así. Que vengan a decirnos todo eso y mucho más. Pero, al menos por vergüenza, que nunca más nos sugieran que la realidad no es transformable, porque ahora sí que nos vamos a cagar de risa. 

 

 

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Esta es una crónica para disfrutar…cómo no hacerlo cuando vemos todo el esfuerzo anónimo orientado a la integración de niños de distintos lugares, con costumbres distintas pero con un poderoso deseo de compartir sus vidas. Si, la transformación de la sociedad es posible y ustedes lo están haciendo realidad…

Comentario por marta lobo




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