La Poderosa


Cómo hacer de goma al aburrimiento
12 Marzo 2008, 3:16 am
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Por  Claudio **

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Saludó parco esta vez. Rascándose la cabeza, entrecerró un ojo y salió del comedor, para despejarse y saborear una vainilla en el banco de cemento del patio, bajo la pizarra, aspirando el espeso aire de un marzo húmedo, atendiendo al taladrante repiqueteo del aguacero en el techo de chapa, contemplando con la mirada profunda una cortina de lluvia que bajaba sobre Iriarte. En realidad, los chaparrones caían oblicuos con la fuerza del vendaval, y buena parte del agua le salpicaba la cara, pero prefería disimularlo, sin parpadear con torpeza, para no quitarle solemnidad a la escena. Cruzó una rodilla sobre la otra y al fin, con el codo en flecha sobre el muslo y el índice derecho enganchando la pera, dibujó esa sonrisa que le brota cada vez que se dispone a sazonar una ocasión cualquiera para darle jearquía de ocasión especial.

 - ¿Qué te pasa, Claudio?
- Nada. Lo que pasa es que estoy pensando.
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La respuesta es un clásico, que no sorprendió, pero para entonces ya varios de los admiradores de su concentración compulsiva habían advertido que su imaginación naufragaba por un túnel de ensueños que penetraba cuatro neumáticos fallecidos, destinados a ser estorbo en el portón de la entrada, junto a la pared. “Agarren ese palo”, ordenó, de inmediato.

- ¿Para qué?
- Inventé un deporte.
- ¿Qué deporte?
- La pesa de goma dura.

Acto seguido, le pidió a dos eventuales asistentes, Horacio y Tatiana, que sostuvieran dos ruedas en posición vertical y, con el palo de una escoba pelada penetró sendos orificios, dando a luz a una nueva modalidad del ya deteriorado levantamiento de pesas, de elite.

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- ¿Cuál es la innovación de este deporte?
- Que se practica con gomas de auto.
- ¿Y entonces no debería ser considerado automovilismo más que pesas?
- No.
- ¿Y quién puede practicarlo?
- Todos. Sólo que los más forzudos deberían poner más gomas, y los más débiles, si quieren, pueden poner gomas de bicicleta.
- ¿O sea que alguien que no tiene dinero para inscribirse en un gimnasio puede adherir a esta nueva disciplina?
- Sí. Claro que sí.
- ¿Y cómo debería hacer?
- ¿Si no tiene plata?
- Sí.
- Bueno. Habría que ver bien, pero si se puede comprar un auto, se compra uno, le saca las ruedas y, con algún palo que consiga, ya tiene la pesa de goma dura.

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No conforme con semejante aporte de avanzada para la industria de los accesorios deportivos en el alto rendimiento de bajos presupuestos, siguió complementando la experiencia con ejercicios precompetitivos no convencionales. “Al comprar los neumáticos, no se deben pegar con pegamento, para poder sacarlos, y hacer la entrada en calor”, disparó, a modo de anuncio, que esperaba una nueva pregunta.

- Bien, ¿cómo sería esa entrada en calor?
- Hay que poner las gomas en fila, y meterse adentro como yo lo voy a hacer ahora, si ustedes me tienen las ruedas para arriba.

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Se paró nuevamente, y pidió que generaran con los cuatro neumáticos, un tubo horizontal, en el que se zambulló con una sonrisa por cada rueda, hasta que pidió que lo mandaran a rodar. Del otro lado, lo esperaba un espontáneo preparador físico, abocado a la tarea de devolverle el envión hacia el extremo opuesto. Y así fue y volvió, fue y volvió.

claucierre.jpg- ¿Queda aprobada esta experiencia, después de haber vivido usted en carne propia las contingencias de la peripecia?
- Sí, muy buena.
- ¿Y qué le aconsejaría al lector, poco propenso a la actividad física, a la hora de ensayarlo en su casa?
- Les diría que no lo hagan, ni lo intenten, si no tienen protección en los codos y en las rodillas, porque ahora me duelen un poco.

** Claudio es Disfrutador ad honorem en Zavaleta y no hizo doctorados, pero va al doctor si le sacan turno. Investigador de “Toda cosa que pueda tener algún encanto en algún momento”, egresó, en el año 2000, de la sala de partos del Hospital Penna.



Teorías Claudiescas (3ª entrega)
20 Septiembre 2007, 2:25 pm
Archivado en: Grandes pensadores

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Los que temimos alguna vez la expansión del pensamiento de la enseñanza unilateral, esa que piensa a los pibes como cajitas vacías para ir llenándolas de contenidos, ahora tenemos miedo de haber ido demasiado más allá. Era cuestión de igualar los tantos nomás, y no de vernos parados como grandes adultos idiotas.

Tras haber pensado en Claudio como un símbolo de todo lo que tantos supuestos grandes deberían aprender de tantos supuestos chicos, hoy tenemos miedo. No pesa ya el temor a la opresión de las mentes veteranas sobre las mentes nuevas, sino el contraataque.

La emoción que en un principio nos llevaba a difundir las respuestas geniales de Claudio, poco a poco nos está convenciendo de nuestra importante estupidez. Y ahí, el miedo. Si recobraran todas sus fuerzas las líneas de pensamiento que edificaron la escuela del letrado un escalón por encima de la cursada, sin duda ahora estaríamos en riesgo.

Estaríamos en riesgo de ver a un niño montado sobre el escritorio, en la cabecera del aula, refregándonos por la cara tanta sabiduría, tanta luz y tanta pureza.

Sólo dos entregas han pasado hasta aquí, de los mensajes de Claudio para la humanidad. Uno nos enseñaba a ver las cosas desde un lugar diferente. Y otro nos recordaba no olvidar nuestra lucha por la igualdad, o al menos tener conciencia de cuánto falta para alcanzarla. Esta vez, Claudio habló de la amistad.

- Che, tengo hambre, pero mucha hambre, reclamó, en plena jornada de fútbol popular.

- ¿Mucha hambre?, indagó un gran copiloto suyo, 20 años mayor.

- Sí, tengo mucha hambre. Tengo tanta hambre, que te comería todo…

Siempre a la espera de la salida inesperada de Claudio, su aliado le respondió con amor y una entrega absoluta:

- Clau, escuchame: si tenés ganas de comerme todo, en serio, ya fue. Comeme todo.

Y entonces, otra vez Claudio llamó al silencio. Fueron sólo algunos segundos, en los que apenas pudo pensar en las principales limitaciones que se interponían entre su hambre voraz y la salida que se le presentaba al alcance de la mano.

La carne humana, que se ofrecía como bocado, era carne añeja, en buena parte cubierta de pelos y con el valor agregado de la nauseabunda sensación que uno puede prever a la hora de disponerse a merendar carne humana. Mucho más, tratándose de un humano vivo, que a pesar de su buena voluntad y su gran predisposición, posiblemente se terminaría resistiendo a semejante acto de canibalismo, generando una lucha indeseada entre la mandíbula de Claudio y su tobillo, o su codo, o lo que se viera más apetecible.

Todo eso pensamos nosotros cuando analizamos con seriedad la propuesta que Claudio había recibido y sus posibles contestaciones. Pero él no tuvo tiempo, ni ganas, de detenerse en cuestiones de la física, o del aparato digestivo. Algo, antes de todo eso, le pareció inmensamente prioritario.

- Ey (dijo, en tono solemne, tomándole el brazo), yo jamás podría comerte. Eres mi mejor amigo.