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Nos enseñó a enseñar y nos enseñó a aprender, mientras aprendía a aprender y aprendía a enseñar. No quería trabajar de sol para alumbrar la oscuridad, porque lo malo de ser sol, es que uno se encandila y no puede ver.
Por eso se escapó hacia un nuevo lugar, donde encontró la claridad suficiente para seguir avanzando siempre rumbo a una luz que, por suerte, nunca se alcanza.
Maestro era Paulo, un maestro que combatía a la escuela que no aprende, porque vaya paradoja, una escuela que no aprende. ¿Para qué sirve una escuela que no aprende?
Criador de preguntas, desde Brasil, tenía una obsesión: quería sembrar semillas y ver crecer la cosecha. ¿Cosecha de qué? Eso dependía de las semillas que, por suerte, no eran, ni son, todas iguales. Conociendo a unas y otras, él aprendía más que nadie, de la cosecha, del trabajo, de los trabajadores, de la tierra, de los terratenientes, de los campesinos, de los que aprendían. Y aunque parezca increíble, a un tipo que tanto sabía sobre cómo seguir aprendiendo, un sistema lo encarcelaba y lo exiliaba, para convencerlo de que tan sólo se ocupara de rellenar masetas…
No pudo ser. Aquel maestro nunca entendió el agujero de las masetas. ¿Cómo puede pensarse en las masetas, sin saber cuáles son las semillas? Eso se preguntaba, entre todo lo que se preguntaba, porque quien sólo responde, no aprende, y quien no aprende, ¿a qué enseña?
Gracias a él, ahora nosotros también preguntamos para aprender y para enseñar. ¿Cómo puede haber respuestas para las preguntas que todavía no se hicieron? ¿Quién eligió las respuestas de las preguntas que se contestan en el aula? Si la educación es pública, y el público somos todos, ¿por qué está afuera de la escuela la Pedagogía del oprimido? ¿Cuándo se dictó la fecha de cierre para la entrega de nuevas preguntas en la limitada lista de respuestas que ofrece el currículum de nuestra educación formal? ¿No hay una moratoria?
La moratoria para los deudores de preguntas de la educación formal, está llegando poco a poco desde la educación popular, esa ruta de dos manos por la que Paulo Freire pudo escapar del sol. A diez años de su viaje a las estrellas, un movimiento revolucionario llamado “La Poderosa integración por la educación popular”, rinde tributo a su luz, con esta inolvidable entrevista.

Diálogo con Paulo Freire
Paulo Freire nació en 1921. O como él mismo dice, “poco después del triunfo de la Revolución de Octubre“. Joven aún, pero casado ya con Elza, su compañera a lo largo de cuarenta años, comenzó a dirigir el Sector de Educación del Servicio Social de la Industria en Recife. De su experiencia en esta situación ha dicho Freire: “Me fui espantado, y tratando de comprender la razón de ser del espanto… aprendiendo de un lado a dialogar con la clase trabajadora, y de otro, a comprender su estructura de pensamiento, su lenguaje, a entender lo que yo llamaría la terrible maldad del sistema capitalista.” Allí, sin llamarla aún así, comenzó a hacer y a pensar la educación popular.
A principios de la década del 60, en Río Grande do Norte, Freire concibió y comenzó a aplicar su método de alfabetización, basado en la comprensión del lenguaje popular y en el descubrimiento y la discusión de temas políticos, económicos, sociales e históricos relevantes para los que se alfabetizan. Una gran cantidad de educadores comprometidos con la causa popular acogió y comenzó a profundizar en la práctica esta propuesta pedagógica. En junio de 1964, poco después del golpe militar en Brasil, Paulo Freire fue apresado por el Ejército. De ahí saldría para el exilio en Chile y Europa, compartiría sus experiencias de educador trabajando en diversos países (Guinea Bissau, Angola, Cabo Verde, Sao Tomé y Príncipe, Granada, Nicaragua). Poco después de concluir este doloroso y fecundo exilio, Paulo Freire nos visitó como invitado al Congreso de Sociología celebrado en Cuba. En esta primera estancia en nuestro país, nos concedió esta entrevista que fue más aún: un diálogo fraterno en que se abordaron algunos de los puntos fundamentales de su pensamiento y sus reflexiones más actuales.
Hacer una entrevista a quien ha dicho que no hay pregunta tonta ni respuesta definitiva resulta tranquilizador.
¿Dónde fue que dije eso? ¿Lo recuerdas?
En una intervención durante un Congreso de Educación Popular celebrado en Buenos Aires, donde exigió que lo llevaran a oír tangos.
Exacto, exacto.
Me pregunté qué exigiría usted cuando llegara a La Habana.
He venido con tan poco tiempo esta vez, que no me ha alcanzado ni para plantear exigencias. Solamente he querido conocer personas y crear amistades. Creo que pueden darse cuenta de lo que significa para mí, un brasileño, un hombre de ideas -aunque conserve ciertas ingenuidades de interpretación- que hizo una opción a favor de las clases populares, llegar a Cuba por primera vez. Creo que entienden la emoción que siento al pisar un suelo donde no hay un niño sin escuela, donde no hay nadie que no haya comido hoy. Como ustedes dos son de la generación que casi nació con la Revolución, quizás no comprendan la emoción que siento yo, que nací hace muchísimo tiempo, un poquito después de la Revolución de Octubre. Comparar, por ejemplo, esta realidad con la gente en mi país que no comió hoy, que no comió ayer, que no comió antes de ayer y que no va a comer mañana; la cantidad de niños que murieron hoy, que están muriendo ahora, y saber que estoy en una tierra donde nadie muere de hambre, donde hay una solidaridad en la posibilidad histórica, donde no hay una riqueza que te hiera ni una pobreza y una miseria que te humillen. Para mí es una emoción inmensa. Yo les confieso que lo único que me hace sufrir hoy en La Habana es no estar aquí con Elza, que fue mi mujer, mi amante, la profesora de mis hijos, la abuela de mis nietos. Fue mi educadora y amaba a Cuba. Pero no hay que llorar, hay que cantar la alegría de estar en Cuba. La amabilidad de los cubanos es increíble. Es la amabilidad que nace de la alegría, de la felicidad. Sentí una gran emoción ayer al oír a Fidel, que hablaba como político y como pedagogo. Su discurso estaba lleno de pedagogía, de esperanza, de realidad. Yo creo que vine en un buen momento, aunque me pregunto cuál es el momento malo para venir a Cuba. Ese momento no existe.
Creo, sin embargo, que éste es un momento especialmente bueno, por más de una razón. Primero por el interés que están despertando en Cuba las posiciones de los cristianos, las comunidades eclesiales de base y su creciente importancia en diversos puntos de América Latina, y las experiencias de educación popular. Pero, además, porque estamos viviendo un proceso autocrítico del conjunto de la sociedad que, por supuesto, pasa por la educación. No sé si sabe que durante el último Congreso del PCC y el último de la UJC, la educación fue un tema muy debatido. Después de la Campaña de Alfabetización, que fue el hecho cultural más grande de la Revolución…
¡Exacto! Y para mí, la Campaña de Alfabetización de Cuba, seguida después por la de Nicaragua, constituye uno de los más importantes hechos de la historia de la educación en este siglo.

Después de la Campaña, Cuba consiguió hacer masiva su educación que, como usted decía, no haya niños sin escuelas, que ningún adulto que quiera estudiar no pueda hacerlo. Hemos estimulado fuertemente la educación de los adultos. Y sin embargo, la educación cubana atraviesa en estos momentos un período autocrítico.
En otra palabra, está siendo reestudiada. Mira, yo percibía ayer en el discurso de Fidel toda la cuestión de la rectificación. Creo que es extraordinariamente importante la cuestión de la dimensión de humildad que creo que tiene que tener una revolución. En el momento en que una revolución no reconoce probables errores cometidos, esa revolución se pierde, porque se piensa a sí misma hecha por santos. Precisamente porque son hechas por hombres y mujeres, y no por ángeles, las revoluciones cometen errores. En mi opinión, lo fundamental es reconocer probables errores y rectificarlos. Para mí, el empuje hacia la rectificación es la prueba de la vitalidad. Es la humildad necesaria que una revolución tiene que tener. Y creo que esto es aplicable a la educación: es necesario revisar la práctica educativa para encontrar aquella que se corresponda más adecuadamente con el proceso revolucionario.
Uno de los grandes problemas que una revolución tiene en su transición, en sus primeros momentos de vida, consisten en que la historia no se hace mecánicamente, la historia se hace históricamente. Esto significa que el cambio, las transformaciones introducidas por la revolución en su primer momento -en la medida en que se empieza a salir del modo de producción capitalista-, las relaciones sociales adecuadas al nuevo modo de producción, no se construyeron de la noche a la mañana. Se cambia el modo de producción, y lo que hay de superestructural en el dominio de la cultura, incluso del derecho, y sobre todo de la mentalidad, de la comprensión del mundo, -de la comprensión del racismo, por ejemplo, del sexo-; la ideología, en fin, queda veinte años por detrás del modo de producción cambiado, porque está forjado por el viejo modo de producción, que tiene más tiempo histórico que el nuevo modo de producción socialista.
Si la cuestión histórica fuera mecánica, yo ya habría hecho la revolución en Brasil. Yo no, claro, ayudaría a los Lula a hacer la revolución. Pero no es un proceso mecánico, sino histórico.
Uno de los grandes problemas que tiene una revolución en su transición, que a veces es muy prolongada, es el siguiente: la vieja educación, de naturaleza burguesa, llena de ideología burguesa, obviamente no responde a las necesidades nuevas; a la nueva sociedad aún no creada; la nueva sociedad comienza a crearse, por supuesto, durante el proceso de movilización popular, de organización popular para la revolución. Ahí empieza la creación de la nueva sociedad, pero ésta todavía no tiene un perfil definido a no ser teóricamente. Lo que sucede es que, llegada al poder, la revolución se enfrenta a la permanencia de residuos de la vieja ideología, a veces hasta dentro de nosotros los revolucionarios, que estamos marcados, invadidos, por la ideología dominante; que se aloja en nosotros mañosamente. Lo que pasa entonces es que en el momento de la transición, la educación tiene poco que ver -no quiero decir “no tiene nada que ver”, par ano parecer demasiado exigente- con el proceso de construcción de la nueva sociedad, del nuevo hombre y la nueva mujer.
Hay que hacer una nueva escuela. Y el problema reside precisamente en que la nueva educación necesita de la nueva sociedad, y esa sociedad no está todavía parida. Hay un momento de perplejidad. El educador dialéctico, dinámico, revolucionario, tiene que enfrentar los obstáculos que su propio proyecto pedagógico, más que revolucionario que lo que la media piensa que debería ser le crea. En esta fase de transición -la he estudiado, no en los libros, sino a nivel de experiencia personal….
En Guinea Bissau, por ejemplo….
En Guinea Bissau, en Granada. Allí conversé durante seis horas con Maurice Bishop y leí posteriormente la reflexión de Fidel acerca de los errores cometidos. Y también en Angola, Sao Tomé, antes en Chile, en un proceso diferente. Y en Nicaragua. He andado por todas esas tierras, y afortunadamente invitado por las revoluciones, grandes y medias, no importan los tamaños de las revoluciones, lo que importa son lo ímpetus revolucionarios. Por eso me dediqué a pensar un poco sobre estos problemas. Y lo que pasa es que siempre ocurre esto. No es casual que las universidades sean las últimas fortalezas en convertirse a la revolución. Están cargadas de la ideología anterior. Hay contradicciones fantásticas, por ejemplo, entre la escuela y la revolución en una transición revolucionaria. La escuela, al mismo tiempo que sueña con un empuje hacia una formación más profunda del alumnado, repite procedimientos característicos y adaptados a la pedagogía de la clase dominante. Es que en el fondo guardamos en nosotros, contradictoriamente, las marcas ideológicas, la posición de clase con que nacemos. Oye, pero hay que ser un buen marxista para entender estas cosas. Y no se trata de ser muy estudioso, muy lector, sino de tener buena sensibilidad de la importancia de la carga, de la fuerza, del peso de la ideología. La ideología es material, no es solamente ideal. Tiene peso, tiene fuerza.
Entonces, yo creo que uno de los grandes desafíos de los educadores revolucionarios es lograr la transición entre la escuela que sirvió bien a la clase dominante antes de la revolución, y la escuela que ha de servir bien a las clases populares, a la sociedad ahora; y esa transición se hace revolucionándose, superando las marcas más fuertes de la tradición anterior. Para mí, una escuela revolucionaria tiene que ser una escuela de alegría, pero no de irresponsabilidad. Es como el trabajo y la vida en el hogar. Yo tengo que despertar contento, porque voy al trabajo, y regresar feliz, porque vuelvo a la casa. Si no construyo esto con mi compañera, si no construyo esto en el trabajo, es que hay algo errado. La escuela igualmente, tiene que ser un espacio y un tiempo de satisfacción.
El acto de conocer que la escuela debe hacer, debe crear, debe estimular, no puede ser un acto de tristeza ni de dolor solamente. Y es obvio que conocer demanda sufrimiento, pero hay en la intimidad, en el movimiento interno del acto de conocer, una alegría, que es la alegría de quien conoce. La escuela tiene que crear esto; crear una disciplina seria, rigurosa, pero que no olvide la satisfacción. Y estas cosas no pueden ocurrir en la transición revolucionaria “de frentón”, como dicen los chilenos. Esas cosas son rehechas. Por eso es que me siento muy contento cuando me dices que uno de los temas centrales del congreso del PCC fue exactamente la pedagogía, es decir, la práctica educativa en Cuba, y hasta qué punto es posible revolucionariamente hacerla más dinámica, más creativa. Yo no tengo duda alguna de que la escuela es importante, la escuela es fundamental; no hay que superar, no hay que suprimir la escuela. Pero hay que hacerla un espacio-tiempo de alegría, de satisfacción y de saber, y por tanto, de disciplina. No puede ser un espacio de irresponsabilidad. Pero tampoco debe ser, sobre todo en una revolución, un espacio de autoritarismo. Hay que encontrar exactamente los caminos de la creatividad de los alumnos, de los niños y las niñas, un camino de liberta. La revolución se hace, precisamente, porque no hay libertad.
Para mí las experiencias de ustedes en Brasil, consisten precisamente en crear espacios de libertad, en un contexto en el que no está dada. Esto indudablemente, requiere por parte de ustedes de una creatividad enorme. Leía, por ejemplo, de las experiencias de Betto para, según sus palabras, “dotar de la palabra” a las personas que no cuentan con ella….
Exacto. Extraordinario.
Comienza por demostrarles a las personas que tienen boca.
Yo quedé absolutamente emocionado al oír a Betto en el libro en el que “hablamos” juntos. Y admirado de la creatividad de Betto, que es extraordinaria. Un educador sin capacidad de creación no puede trabajar. Por otra parte, quedé espantado de la necesidad de hacer aquello. A ciertos niveles de dominación, los hombres y las mujeres se ven a tal punto disminuidos que casi se objetivan, como señalara Marx, casi se transforman en cosas.
Me resulta muy interesante tratar de vincular estas experiencias de ustedes con nuestra realidad, que es radicalmente diferente. Me hacía pues la siguiente pregunta: ¿Qué es la educación popular?, confundirla con educación de adultos, resulta una reducción enorme ¿no es cierto? Se trata de una concepción completamente diferente de la escuela, de la enseñanza, del aprendizaje. ¿Se trata de dotar al pueblo de aquello con lo que contó y cuenta la burguesía, es decir, una pedagogía, una universidad, una escuela? ¿Cómo vincular estas cosas, entonces, con la realidad de una revolución en el poder, con su necesidad de extender la educación con los medios a su alcance al total de la población? Me parece que su experiencia de vida lo hace una persona especialmente capaz para responder esta pregunta, porque comenzó usted en Brasil con la experiencia de alfabetización, pero se dio cuenta que la alfabetización era un momento. Y después, tras la desgracia del exilio, tuvo la suerte de participar en proyecto educativos en varias partes del mundo en disímiles condiciones. Su experiencia en Guinea Bissau, en Granada, en Angola, en Nicaragua, tiene que haberle dado una idea de los problemas que enfrenta la revolución en el campo educativo, tras el advenimiento de las clases populares al poder.
Es un momento que demanda de los educadores una enorme capacidad creadora; y demanda una virtud que yo vi en Amílcar Cabral. A mí, en este siglo, hay tres revolucionarios que me han impresionado. Voy a citarlos a lo tres, aunque esté siendo injusto con otros, y sé que hay montones de otros revolucionarios. Pero yo me quedaría con dos muertos y uno vivo que a mí me llenan de esperanza, de fe, de humanismo, en el sentido no burgués de la palabra. Los dos muertos son Amílcar y Che. Y el vivo es Fidel. A estos tres símbolos acostumbro llamarlos “pedagogos de la revolución”, y establezco una diferencia entre el pedagogo de la revolución y el pedagogo revolucionario. Yo hago un esfuerzo fantástico para ser un pedagogo revolucionario, y no sé si lo soy todavía, pero lucho para serlo. El pedagogo de la revolución es esto que ustedes tienen aquí, es Fidel. Amílcar lo fue también. Yo estoy escribiendo un ensayo sobre él con este título: “Amílcar Cabral, pedagogo de la revolución.” Che Guevara fue también un pedagogo de la revolución.
Yo considero que los pedagogos revolucionarios, que tienen tanta responsabilidad como los pedagogos de la revolución, que no pueden traicionar a la revolución, como decía Fidel anoche, en una dimensión menor tienen que asumir con absoluta responsabilidad su tarea, que no es nada fácil. Esta tarea se desarrolla en los primeros años de la transición. Y no me refiero a los primeros diez años o veinte años; creo que el tiempo de una revolución no se mide en décadas. El hecho de que la Revolución Cubana tenga casi treinta años, no significa que está hecha: nunca estará hecha. Eso es lo que pido: que nunca esté hecha, porque una revolución que está hecha yerra; cuando no está siendo, ya no es. La revolución tiene que ser como decía ayer Fidel. Esta comprensión de la revolución es sustantivamente pedagógica. Pero tiene que ser encarnada pedagógicamente en métodos coherentes. Ahí está la revisión -no en el sentido peyorativo que esta palabra tiene-, la recreación que la práctica educativa tiene que estar sufriendo siempre.

Porque la práctica educativa tampoco puede ser: para ser, tiene que estar siendo. Yo tengo que cambiar, yo tengo que marchar como educador y como político. Entonces, los métodos, las técnicas, tienen que estar al servicio de los contenidos. Primer, en relación con los contenidos, segundo, en relación con los objetivos. Y en estos momentos de transición revolucionaria, que son los más difíciles, precisamente por la carga que arrastramos del período anterior, de las experiencias en que fuimos formados y deformados, hay que desarrollar, incentivar, estimular una curiosidad incesante. La pregunta es fundamental. Yo tengo un libro reciente, realizado en colaboración con un chileno exiliado, que se llama: “Hacia una pedagogía de la pregunta”.
Una de mis preocupaciones actuales es que la educación nuestra está siendo una educación de la contestación, de la respuesta, y no de la pregunta. Entramos en la clase, sean los alumnos niños o jóvenes, y empezamos a responder a preguntas que ellos no han hecho. Y lo peor es que a veces ni siquiera sabemos quiénes hicieron las primeras preguntas fundamentales, que las que resultaron las respuestas que estamos dando. Estamos dando respuestas a preguntas antiguas y no sabemos quiénes las hicieron. Y es como si estuviéramos empezando un discurso, y de hecho estamos dando respuestas. Yo propongo lo contrario: una pedagogía de la pregunta. No tengo duda alguna de que la mujer y el hombre, al empezar a ser no solamente animales, al transformarse en este tipo de animal que somos, lo hicieron preguntando. Cuando no se hablaba todavía el lenguaje que hoy tenemos, el cuerpo ya preguntaba. En el momento en el que se hicieron humanos, el hombre y la mujer prolongaron sus brazos en un instrumento que les sirvió para seguir conquistando al mundo, y con el cual consiguieron su estabilidad y su alimento.
En ese momento, independientemente de que si hablaban o no, ya se preguntaban y preguntaban. Entonces, desarrollar una pedagogía que no pregunte, sino que sólo conteste preguntas que no han sido hechas, parece herir una naturaleza histórica, no metafísica del hombre y de la mujer. Por eso defiendo tanto una pedagogía que, siendo conceptual, sea también una pedagogía dialógica, entendiendo que el diálogo se da entre diferentes e iguales.
Me parece que se trata de una pedagogía profundamente respetuosa, que tiene un respeto profundo por los considerados tradicionalmente ignorantes, no poseedores de conocimientos “que no valen la pena”, poseedores de conocimientos “que no hay que aprender”.
Exacto, exacto. Te acuerdas ahora de las conversaciones mías con Betto, cuando él se refiere a una mujer que sentía inseguridad porque pensaba que no sabía nada. Él le preguntó quién resolvería mejor su vida perdido en un bosque: un médico que ha pasado por la universidad y no sabe cocinar, o ella, que sabe matar una gallina.
Esta afirmación tuya me lleva a una cuestión fundamental de la educación popular y a una reflexión fundamental de carácter político-filosófico. Se trata de una cuestión del sentido común y del saber riguroso, en otras palabras, de la relación entre sabiduría popular, y conocimiento científico o académico.
Hablabas de mi respeto a este saber de experiencia que tiene el pueblo, y yo insisto en ese respeto. Incluso insisto en que la educación popular tiene ahí su punto d partida, pero nunca su punto de llegada.
Jamás dije que los educadores populares progresistas (y en Cuba diría los educadores populares revolucionarios, porque progresista es la forma que tiene de ser un educador revolucionario en un país todavía burgués; yo me considero en Brasil un educador popular progresista, y tengo la osadía de decir que si viviera en Cuba, yo sería un educador revolucionario; si fuera cubano, y aún siendo brasileño, porque soy también cubano, por el amor que le tengo a esta revolución, a este pueblo, a esta valentía, que históricamente fue posible y ustedes hicieron posible). Pero volviendo a la cuestión, estoy absolutamente convencido de que si bien el educador progresista y revolucionario no puede alojarse en el sentido común y quedar satisfecho con eso en nombre del respeto a las masas populares; tampoco puede olvidarse de que ese sentido común existe. No se puede negar su nivel de saber. Hay que saber incluso que el conocimiento científico un día fue ingenuo también y hoy día sigue siendo ingenuo. La sabiduría científica, la ciencia, no es un a priori, sino que se hace históricamente, tiene historicidad. Eso significa que el saber científico, riguroso, exacto, de hoy, no será necesariamente el de mañana. Lo que sabíamos hace veinte años de la luna fue superado por lo que se sabe hoy. Cuando yo afirmo que es a partir de la sabiduría popular, de la comprensión del mundo que tienen los niños populares, su familia, su pueblo que debe comenzar la educación popular, no estoy diciendo que es para quedarse ahí, sino para partir de ahí y así superar las ingenuidades y las debilidades de la percepción ingenua.
A esto llamaba usted en sus primeros escritos “concientización”.
Exacto. Pero probablemente en mis primeros escritos, al llamarla concientización, cometía un error de idealismo, que se encuentra fácilmente en mi primer libro. Consiste en lo siguiente: le daba tanto énfasis al proceso de concientización que era como si concientizando acerca de la realidad inmoral, de la realidad expropiadora, ya se estuviera realizando la transformación de esta realidad. Eso era idealismo.
Es eso lo que se encuentra en: “La educación como práctica de la libertad”.
Exacto. Es ahí donde está la gran fuente de los momentos idealistas que marcaron el comienzo de mi madurez. Yo soy un escritor tardío. He hablado mucho, soy un hombre de mi cultura. La cultura brasileña es todavía de; memoria oral. Por eso hablé mucho antes de escribir. Y sigo hablando mucho. Soy más un productor oral que un escritor. Pero me gusta lo que escribo, también me gusta. Cuando escribo, lo hago como si estuviera hablando. Mi leer es mi escuchar. Pero la cuestión que se plantea -y esto es muy importante en la teoría del currículum por ejemplo- es que hay que conocer cómo el pueblo conoce, hay que saber cómo el pueblo sabe. Hay que saber cómo el pueblo siente, cómo el pueblo piensa, cómo el pueblo habla. El lenguaje popular tiene una sintaxis, una estructura de pensamiento, una semántica, una significación de los significados que no puede ser, que no es igual a la nuestra, de universitarios. Y hay que conocer esto. Hay que vivir todas estas diferencias en las escuelas de niños populares. Imagínate que un niño popular brasileño, por ejemplo, que escribe un trabajito en su escuela en el primer grado y usa una sintaxis de concordancia estrictamente popular, escriba: “A gente chegamos”, y la profesora lo tacha con un lápiz rojo y le dice: “Equivocado”. Para mí esto es un absurdo. Es como si mañana tuviéramos una revolución popular en Brasil y mi nieta llegara a mi casa y me dijera: “Mira, abuelo, yo no entiendo nada. Escribí “a gente chegou” y la profesora me lo tachó y escribió “A gente chegamos”. Y ella me diría: “Mira, abuelo, tú dices “a gente chegou”. Y mi madre, mis hermanos, mis vecinos -los vecinos son de “clase”- mis amigos dicen “a gente chegou”. Yo no comprendo nada.” Hace cuatrocientos ochenta años que hacemos esto contra el pueblo en Brasil. Esto crea problemas que no son estrictamente lingüísticos, sino de personalidad, de estructura de pensamiento. Si tú me preguntas: “Paulo, ¿y te parece entonces justo, legítimo, que las masas populares no aprendan, no aprehendan la sintaxis llamada erudita?” yo te respondería: No, es necesario que la aprendan, pero como un instrumento de lucha. Las masas populares brasileñas, los niños populares, tienen que aprender la sintaxis dominante para poder luchar mejor contra la clase dominante. No porque sea más bella la sintaxis dominante, no porque sea mejor y más correcta, porque yo te diría un poco enfáticamente que para mí el lenguaje popular, tanto allá como acá, es muy rico, precisamente por el uso de las metáforas, de la simbología. El lenguaje popular es mucho más poético, porque necesita ampliar el vocabulario y lo hace a través de la metáfora. Yo no quiero parecer populista, lo que quiero es defender el derecho que el pueblo tiene a ser respetado en su sintaxis y en su estructura de pensamiento. Y en segundo lugar, defender el derecho que el pueblo tiene a aprender y aprehender la sintaxis dominante para poder trabajar mejor políticamente contra los dominantes. Ésta es una de mis luchas. Y yo encuentro que esto tiene que ver con la escuela revolucionaria, con la escuela en Cuba. Una pedagogía revolucionaria en Cuba -y no me estoy refiriendo a lo que se hace en Cuba, sino a lo que creo que se debe hacer en cualquier sociedad que hace una revolución- tiene que ser una pedagogía que siendo viva, dinámica, provoque, desafíe a los niños, a los adolescentes, a los jóvenes en la universidad, para lograr la creatividad, el riesgo. ¿Cómo hacer una pedagogía revolucionaria que no se fundamente en el riesgo? Sin correr riesgos es imposible crear, es imposible innovar, renovar, vivir, revivir. Y por ello el diálogo es arriesgado, porque la posición dialógica que se asume frente a los alumnos descubre los flancos, abre el espacio del profesor. Puede que el profesor resulte investigado por el alumno y puede que no sepa. Y hay que tener la valentía de decir simplemente: “Aunque yo sea diferente a ti como profesor, yo no sé esto”. Y es reconociendo que no se sabe que se puede empezar a saber.

Volviendo atrás. Al inicio, entonces, concebía usted la concientización como el paso de la conciencia ingenua a la conciencia crítica. Después introdujo usted el concepto de -no conozco si existe la palabra en español- la “politicidad de la educación”.
Así es. Y si no existe la palabra, habría que crearla. La politicidad de la educación reforzaría la comprensión de la concientización.
¿Qué cosa es la politicidad de la educación?
Hoy hablé mucho de eso con los sicólogos. Mira, en términos simples: si los que estamos sentados alrededor de esta mesa salimos de aquí con ayuda de la imaginación, nos situamos frente a una clase y empezamos a analizar la práctica docente que se realiza -imaginemos que se trata de una profesora de primero, segundo o tercer grado- y comenzamos a preguntarnos sobre lo que pasa en el aula, inmediatamente captamos determinados elementos constituyentes de la práctica con respecto a la cual estamos tomando una distancia para poder conocerla. Descubrimos que no hay práctica educativa sin profesor; descubrimos que no hay práctica educativa sin enseñanza; que no hay práctica educativa sin alumnos; que no hay práctica educativa sin objeto de conocimiento o contenido. Hacen falta muchísimas otras cosas, pero vamos a quedarnos con estas. En el momento en que se comprueba que toda práctica educativa es un modo de enseñanza; que el profesor enseña alguna cosa que debe saber, y por tanto que debe haber conocido antes de enseñar y que debe reconocer al enseñar, uno comprende que toda práctica educativa es cognoscitiva, que supone un acto de conocimiento, que no hay práctica educativa que no sea una cierta teoría del conocimiento en práctica. Pero uno se pregunta: ¿qué conocer en la práctica educativa? Y esta pregunta lleva directamente a la cuestión del currículum, a la cuestión de la organización programática de los contenidos en la educación, en el campo de la biología, de la sociología, de la lengua, de los estudios sociales. Hay un conjunto de contenidos, de programas, que se relacionan, y lo ideal es conseguir cierta interdisciplinariedad.
Pero en el momento en que uno se pregunta sobre qué conocer, cuando uno se sitúa frente a los contenidos, a los programas, uno de inmediato se plantea: ¿a favor de quién se conoce esto? ¿a favor de qué? Y cuando uno se pregunta: ¿qué hago yo como profesor? ¿a favor de quiénes trabajo? ¿a favor de qué trabajo? hay que preguntarse de inmediato: ¿contra quiénes trabajo? ¿contra qué trabajo? Y la contestación de esa pregunta pasa por la calidad política del que se la plantea, por el compromiso político del que la hace. En ese momento, se descubre eso que yo llamo la politicidad de la educación, la cualidad que la educación tiene de ser política. Esto es, ni hubo nunca, ni habrá, una educación neutra. La educación es una práctica que responde a una clase, sea en el poder o contra el poder. Esto es la politicidad. Si lees nuevamente el primer libro mío tú no descubres esto. Y ahí estaba una de mis debilidades, una de mis ingenuidades. Mi alegría es que soy capaz de reconocer mis debilidades. Por eso es que no me parece correcto que me hagan críticas basadas en un libro, cuando he escrito más de catorce. O si no, hay que decir que se está criticando sólo el primer libro, pero eso no quiere decir que se está criticando el pensamiento de Paulo Freire. Para eso, hay que leer toda mi obra, todas mis entrevistas, todo lo que he hecho, porque si no, no es correcto. Recientemente, una muchacha que vivió largo tiempo en la revolución de Nicaragua y que pasó cuatro horas conmigo en Brasil, publicó una entrevista con una introducción en la que hacía una crítica a las críticas de Paulo Freire. Y publicó un libro muy lindo donde muestra el error de mucha gente.
¿Es Rosa María?
Sí, Rosa María Torres. ¿Tienen el libro? ¿No? Ahora que he venido les voy a mandar la colección completa de mis obras y de críticas sobre mi obra, las buenas y las malas.
Excelente. Tengo dos cosas más que quería precisar. La primera: ¿diría usted que la educación popular en su práctica y en su teoría es el intento de hacer una pedagogía de las clases populares en contra de una pedagogía de la burguesía?
Exacto, exacto. Tu pregunta contiene mi respuesta. A Rosa María, cuando me preguntó esto con otra formulación, le dije que para mí la educación popular es algo que se desarrolla en la interioridad del esfuerzo de movilización y de organización de las clases populares, para la toma del pode; su propósito es la sistematización de una educación nueva e incluso de metodologías de trabajo diferentes a las burguesas. Pero ahora podrías hacerme otra pregunta que me adelanto a formular: “Paulo ¿piensas que todo lo que la burguesía ha hecho está equivocado?”. La respuesta es “no”. Otra cosa sería erróneo, estrecho. Yo nunca olvido las afirmaciones de Amílcar Cabral sobre la cultura. Él les decía a sus compañeros de lucha en Guinea Bissau -y no lo estoy citando literalmente-: “la cuestión no es la negación absoluta de las culturas extranjeras, sino la aceptación de las cosas adecuables a nuestra sociedad”.
Eso lo dijo Martí de una manera muy bella. Dijo: “injértese en nuestras repúblicas el mundo; pero el tronco ha de ser el de nuestras repúblicas”.
¡Exacto! Entonces, mira, no se puede negar la importancia de los movimientos de la escuela nueva que han surgido paso a paso con el desarrollo de la revolución industrial y que no pueden ser reducidos a una sola experiencia de escuela nueva. Hay varias expresiones de escuelas nuevas en el movimiento general grande, en el que se encuentran desde la locura maravillosa de un Ferrer, español, anarquista, que influyó extraordinariamente sobre la educación en Nueva York, y en Brasil también a comienzos de este siglo. Ferrer fue asesinado por el Estado español en 1910. Estas experiencias, repito, van desde Ferrer hasta posiciones más intermedias como la de Montessori, basada en la idea de la libertad. O la exageración de la escuela de Hamburgo, con sus maestros camaradas, que eran todos iguales a los alumnos, con lo cual se llegaba casi a la irresponsabilidad, pero que era, al mismo tiempo, una cosa muy linda. Yo no estoy a favor de esto, entiendes, yo no estoy a favor de esto, pero lo que quiero decir es que no se puede hacer una crítica general y estrecha. Para mí, eso no sería científico, no lo acepto, creo que es ideológico. Y no se trata de que crea que la ciencia no tiene ideología, porque la tiene, pero quiero más ciencia que ideología, respetando el valor y la fuerza de la ideología cuando se trata de la ideología proletaria.
Pero volviendo a tu pregunta, te digo más que antes. Creo que si uno parte hacia la educación popular sin la intención de construir una pedagogía de las clases populares, tarde o temprano va a descubrir que ella aparece en su práctica. A partir de ahí, o desiste, o sigue adelante. Esto no significa, sin embargo, que la creación de una pedagogía popular niegue los avances logrados por la pedagogía burguesa.
Pero por otra parte, no pienso que incluso la pedagogía que pudiéramos llamar burguesa, porque ha sido creada dentro de la dominación burguesa, pueda ser en su totalidad catalogada de burguesa. O sea, la pedagogía popular no puede remitirse al conocimiento popular del que hablábamos, como su única fuente, sino que tiene que remitirse también a la protesta contra las sociedades burguesas que dentro de las mismas se ha generado.
Exacto. Si no hace esto, no es dialéctica, y corre el riesgo de perderse; yo estoy totalmente de acuerdo con lo que hay de afirmación en tu pregunta. Las preguntas casi siempre traen una afirmación, y yo estoy de acuerdo contigo. Ahora, en una sociedad como la nuestra, la sociedad brasileña, la educación popular hoy en día tiene que orientarse en el sentido de cómo movilizar; orientar. La educación popular tiene que colocarse en el centro, en la interioridad de los movimientos populares, de los movimientos sociales. De ahí, para mí, la necesidad de que los partidos revolucionarios olviden su tradicionalismo. Los partidos de izquierda en este fin de siglo, o se hacen nuevos, revitalizándose cerca de los movimientos populares sociales, o se burocratizan. Uno de mis esfuerzos en el Partido de los Trabajadores, en el que milito, es mi trabajo en una semilla de universidad popular. Dirijo este centro de formación, del cual tuve el honor de haber sido nombrado presidente. Porque en el fondo fui nombrado. Un día llegó una comisión de líderes sindicales y me dijeron que yo era presidente. Y yo les dije: “ustedes me está nombrando, nadie me ha elegido”. Pero acepté. Lo que ha hecho este instituto en sus seis meses de vida, a nivel latinoamericano incluso, en términos de formación de la clase trabajadora, es una cosa que da alegría.

¿Cómo se llama el instituto, Paulo?
Instituto de Cajamar, que es la municipalidad en que está ubicado. Yo soy el presidente del Consejo. Lula es miembro del Consejo. Y el lunes antes hemos pasado el día completo todos juntos discutiendo los programas del centro, y yo me responsabilicé con él; porque el instituto comenzó muy poco después de la muerte de Elza, que era mi amor, fue y es mi vida, mi amante, la madre de mis hijos, la abuela de mis nietos, la infraestructura de la familia. Yo soy superestructura solamente. Te imaginas lo que pasa a una superestructura cuando le falta la infraestructura. Yo estoy un tanto perdido, pero vivo y lucho por seguir vivo. Esta es la opción que hice. Pero, como te decía, el instituto se creó muy poco después de la muerte de Elza y en aquel momento me resultaba difícil. Ahora asumí el compromiso de hablar por lo menos una vez en todos los cursos que se organicen para la formación de cuadros de la clase trabajadora. Es emocionante conversar con un líder obrero, que pasó muchas experiencias y te dice después: “Yo antes tenía la intuición de que este era el camino, ahora lo sé”. Hay un grupo de intelectuales, académicos, en Brasil, que han optado por las clases trabajadores, y que no se sienten propietarios de la sabiduría de la revolución. Porque esta es una cosa que los intelectuales han tenido que aprender: la humildad de no ser los propietarios del saber revolucionario. Hay que aprender también con la clase trabajadora, con lo obreros, con los campesinos. Una dosis de humildad no le hace daño a nadie.
Yo estoy viendo cómo esta politicidad de la educación, y en general como la educación popular hoy significa un avance de las masas populares en la América Latina capitalista, diferente a la expansión de la matrícula de los 60, frente a los mecanismos de la tecnificación de las décadas pasadas, que eran todos propiedad de la burguesía. Veo como está surgiendo también de ahí una comprensión muy fuerte de que es en el terreno de la política que se van a decidir los dilemas fundamentales, en definitiva. Pero esta comprensión no consiste meramente en “saludar” a los políticos, sino en formar parte del movimiento político. Ya usted mencionaba antes que esto le exige transformaciones al partido político.
Exacto. Esta es una de mis preocupaciones. En un libro que salió recientemente en Brasil y también en Argentina, hecho con un filósofo chileno, en un cierto momento discutimos esta cuestión. Yo tengo la convicción de que estos últimos años del siglo serán decisivos en lo que respecta a la preservación de los partidos de izquierda. Si pretender hacer vaticinios, la impresión que tengo es que los partidos de izquierda tienen que renovarse apartándose de su tradicionalismo. Si me pides que elabore más estas ideas, quizás no puedo hacerlo. Pero presiento, casi adivino por el olfato, que nosotros, nosotras, los que compartimos las posiciones de izquierda, tendríamos que hacernos una serie de preguntas. No digo ya en Cuba, pero también en Cuba. Pero en los países como Brasil hay que citar menos a Marx y vivirlo más. Hay que cambiar el lenguaje. Hay que aprender la sintaxis popular. Hay que perder el miedo a la sensibilidad. Hay que rehacer y revivir a Guevara, cuando hablaba de los sentimientos de amor que animan al revolucionario. Es decir, hay que ser menos dogmáticos y más radicales. Hay que superar los sectarismos que no crean, que castran. Hay que aprender la virtud de la tolerancia. Y la tolerancia es una virtud no solamente espiritual, sino también revolucionaria, que significa la capacidad de convivir con el diferente para luchar contra el antagónico.
Esto es la tolerancia. Y en la América Latina vivimos peleando contra los diferentes y dejando al antagónico dormir en paz. Y los partidos de izquierda que no aprendan esto, están destinados a morir históricamente. Hay que abrirse. Yo creo que en lo que queda del siglo, los partidos revolucionarios tienen que aprender a confiar un poco más en el papel de la educación popular. Esto, independientemente de que no pueden jamás, de manera idealista, pensar que la educación es la palanca de la revolución. Pero tienen que reconocer que aun no siendo la palanca, la educación es importante.
Yo no olvido nunca una conversación que tuve hace tres años en Canadá con el Secretario General del Partido Comunista y con el responsable del sector de educación del partido en ese país. Conversamos mucho sobre esto. Sobre cómo los partidos revolucionarios se vuelven tímidos por no creer en última instancia en las masas populares. Mira, la Revolución Cubana resulta de una creencia casi mística en las masas populares, una creencia no ingenua, pero sí inmensa. Una creencia que se fundaba incluso en una desconfianza. Se trata de una desconfianza que no es una desconfianza en las masas, sino en los dominadores introyectados en las masas. Yo recuerdo, yo recuerdo -hablé de esto en la Pedagogía del oprimido, al citar a Guevara, a Fidel- que repetía una advertencia que Guevara le hacía a un muchacho de un país centroamericano, al que le decía: “Mira, tienes que desconfiar del campesino que te busca. Desconfiar de la sombra del campesino”. Cuando Guevara decía esto no se contradecía. Yo recuerdo una crítica muy dura contra mí publicada en los Estados Unidos, en la que decían que yo era el contradictorio. Y no, no lo era: como tampoco lo era Guevara cuando decía: “Muchacho, tienes que desconfiar del campesino que llega corriendo para adherirse a tu proyecto”. Lo que Guevara estaba diciendo es que hay que desconfiar del opresor introyectado en el oprimido. Porque si la revolución no advierte estos riesgos, no llega a hacerse.
El discurso de Fidel fue todo un discurso político y pedagógico y un discurso de esperanza y crítica y de valentía; y de sufrimiento. Es una cosa extraordinaria. Yo te diría que fue una de las cosas más importantes de estos últimos años. Llamaba la atención sobre todas estas cosas y decía como fue que él aprendió. Y cuando decía “yo”, estaba diciendo “nosotros”. Habló de cómo aprendió a lidiar con la traición; cómo aprendió a trabajar mejor. Y decía que nada nos podrá detener, porque una traición nos enseña a defendernos de la traición siguiente.
Yo creo que esta capacidad es extraordinaria. Es la capacidad que tuvo Guevara, que habla desde sus memorias y sus diarios, de llegar a la Sierra Maestra como médico y conversar con los campesinos sencillos y aprender con ellos. Y él dijo una cosa linda: dijo que fue conversando con los campesinos cuando estaba en la Sierra Maestra que se formó radicalmente en él la convicción del acierto de la revolución, de la necesidad de la transformación agraria del país. Y mira, Guevara no subió a la Sierra inocentemente. Sin embargo, tuvo la valentía, el coraje, la humildad de decir cuánto le enseñó el sentido común campesino. Es esto lo que creo que se impone: esta humildad, esta cientificidad, nunca cientificismo; esta radicalidad, nunca sectarismo; esta valentía, nunca bravata. Es esto lo que tienen que aprender los partidos revolucionarios. Ya no resulta posible seguirse apropiando de la verdad y dictarla a las clases populares en nombre de Marx o de Lenin. Es imposible leer “Qué hacer” sin comprender el tiempo de Lenin. El mismo Lenin lo dijo. Pretender entender a Lenin sin su contexto es dicotomizar el texto del contexto. Y esto no es dialéctico. Para finalizar, tengo una gran esperanza en que todos nosotros estemos aprendiendo. No es que esté pretendiendo darles clases a los líderes de los partidos. A los partidos de derecha yo no me dirijo. Obviamente, no tengo nada que decirles. Me dirijo a los compañeros de izquierda, que están en diferentes posiciones -y todos son mis compañeros; diferentes, pero compañeros- para decirles que es preciso ser tolerantes. Este es un discurso que hago mucho más en el resto de América Latina que en Cuba. No es a Cuba a quien me dirijo enfáticamente, sino a nosotros, los otros.
Tengo todavía otra pregunta. Hace ya un buen rato, usted hablaba de que la transición no se puede medir ni por decenios. Volviendo a aquel tema, recuerdo un problema importante. El poder revolucionario en nuestros países, no puede estar ajeno a una idea peligrosa, que es la idea civilizadora.
Exacto, exacto.
Esa idea civilizadora supone que nuestros países son, pues, atrasados. Debemos, ahora que tenemos el poder, civilizarnos. Esto está lleno de necesidad real y de peligros reales.
Exacto.
Falta otro problema. La revolución en nuestros países, que son relativamente débiles, necesita unidad: ser todos uno para poder sobrevivir y avanzar. La unidad está llena de beneficios y de bondades. Y también tiene peligros: el autoritarismo, la unidad que se vuelve unanimidad, donde la necesidad se convierte en virtud. ¿Usted cree que la educación popular puede ayudar a esto?
Lo que dijiste es macanudo. ¿Conoces la palabra? Es chilena.
Y argentina, y nuestra también.
La aprendí en Chile, y cuando hablo portuñol me viene siempre a la mente. Mira, creo que estas preguntas que me planteas no son preguntas sino afirmaciones. Son de una importancia tremenda para los partidos, para los revolucionarios, para los educadores revolucionarios. En primer lugar, yo tengo miedo también del consenso. Yo defiendo una unidad en la diversidad; una diversidad de diferentes, no de antagónicos. Probablemente el antagónico dirá que no soy demócrata, y desde el punto de vista de él, obviamente no lo soy. Volviendo atrás, yo temo el consenso, aunque lo acepto en momentos críticos. No se trata ni siquiera de que lo acepte, sino de que es necesario en un momento de crisis. Pero pasada la fase crítica, yo creo que la discusión debe continuar. Y hay una ilusión a veces de un aparente consenso, que es la ilusión del autoritario, que piensa que no hay divergencias, aunque sí las hay. Y las divergencias son legítimas, son necesarias para el desarrollo del proceso revolucionario.
Repito que no quiero dar clases de revolución a quienes han hecho la revolución. Esto sería falta de humildad de mi parte, y yo soy humilde. Es a nivel teórico que estoy convencido de que la divergencia no sustantiva es importante para el propio desarrollo del proceso de crecimiento. Y yo no tengo duda alguna de que la educación tiene que ver con eso. Tiene que ver en tanto sea una educación estimulante de la interrogación y no de la paz, en tanto desarrolle una postura crítica, curiosa, que no se satisfaga con facilidad, que indague, que provoque la interrogación, la procure constantemente y que cree incluso situaciones difíciles, porque esto provoca curiosidad y creo que eso es fundamental.
Volviendo al inicio: que recuerde, ésta es la primer entrevista a Paulo Freire que va a salir en una publicación cubana. ¿Qué querría usted que apareciera especialmente en ella?
Me gustaría ahora enfatizar una cuestión que me es muy cara, y que tiene que ver con no tener miedo a mis sentimientos y no esconderlo. Me gustaría expresarle mi agradecimiento a ustedes, los cubanos, por el testimonio histórico que ustedes dan, por la posibilidad y todo lo que ustedes representan en tanto revolución; lo que ustedes representan de esperanza. No hay en esto ningún discurso falso; yo sé que no veré la misma cosa en mi país, pero la estoy viendo acá. Es una contradicción dialéctica: no voy a ver pero ya estoy viendo.
El hecho de que, por ejemplo, un brasileño pueda venir a Cuba sin tener que enfrentarse a la policía; el hecho de poder hablar de Cuba en Brasil; el hecho de que un profesor como yo pueda escribir en mi país las cosas que te he dicho aquí; todo esto no significa que mi país ya haya hecho la revolución. No, es un país lleno de vergüenzas, lleno de cosas horribles, de violaciones de derechos, de explotación de las clases populares. Pero hay por lo menos hoy en día la posibilidad de hablar, de decir. Y hay que llenar los espacios políticos que hay en Brasil hoy. Yo no soy un hombre de la llamada república nueva. Yo soy un hombre del Partido de los Trabajadores; que tiene otro sueño. Pero yo decía que no puedo esconder mis sentimientos de alegría, porque, mira, es un absurdo, un absurdo, que un hombre como yo esté ahora por primera vez en Cuba. Pero es un absurdo que tiene explicación. No se trata de que nunca, nunca, Cuba me haya cerrado las puertas; no fue tampoco que yo tuviera dudas sobre el momento en que debería venir a Cuba. Hubo n motivos, n razones para que en las diversas oportunidades en que fui invitado, no pudiera venir.
Yo decía que no espero ver en Brasil esta transformación que he visto y que vi también en Nicaragua, que ahora empieza allí.
¿Se imaginan lo que es para un brasileño poner el televisor y ver que el pueblo de tu país puede elegir ver el ballet dos días a la semana, y que otros días puede elegir ver y escuchar la ópera? Esto también es cultura, esto es universalidad, esto es pedagogía, esto es la satisfacción de un derecho que la clase trabajadora tiene a disfrutar de todo.
Yo sabía de todo esto, pero aquí vi, aquí escuché. Saber que el pueblo, todo el pueblo de tu país comió hoy. Saber que todos los niños de tu país van a la escuela, aunque haya cosas que decir a favor y en contra de la pedagogía que se hace. No dudo de que diverja en algunas cosas, pero concuerdo con la totalidad, que es la revolución. Y mi crítica se hace desde dentro de la revolución, y nunca desde afuera. Y yo soy muy radical en esto.
Estoy en un país en el que hay un horizonte de libertad, de creatividad, en que la Revolución tiene la valentía d decir que también se equivoca, en que la Revolución tiene la valentía de decir que hay compañeros de la dirección revolucionaria que se equivocan. Esto para mí -y parece un absurdo casi mágico lo que les voy a decir- es como si yo no pudiera partir del mundo sin conocer materialmente, palpablemente, sensiblemente a Cuba. He depositado mi cuerpo en tu país, porque ya antes había depositado en él mi alma -sin dicotomizar una cosa de la otra, ¿eh?-.
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La ansiedad por pisar La Higuera, el pueblito donde las balas del ejército boliviano disparadas por la CIA inmortalizaron al Che hace 40 años, nos movilizaba en ese instante a los cumpas de La Poderosa, recién llegados a Vallegrande, después de un largo viaje desde Santa Cruz de la Sierra. Alojados ya en esos pagos, donde Guevara ha sido santificado entre mitos y leyendas, una estupenda noticia nos sorprendió: “Se ha inaugurado el puesto de atención médica en La Higuera, gracias a la Operación Milagro”, nos informó Susana, la enfermera que lavó el cuerpo de Guevara antes de llevarlo hasta la lavandería, donde un fotógrafo guardaría por siempre la imagen de sus ojos, nunca más abiertos, nunca más vivos.
Tendríamos entonces la posibilidad de encontrarnos cara a cara con el compromiso del internacionalismo proletario cubano, ese mismo que da vida al plan Yo sí Puedo, para erradicar al analfabetismo de América Latina, y que allí mismo estaba desarrollando la Operación Milagro, una posibilidad inédita para que los habitantes de los pueblos históricamente relegados puedan tener acceso a la salud de la vista, para no quedar tan ciegos como los analistas políticos que no pueden ver a Cuba exportando ejemplos humanitarios, mientras otros exportan bombas y muerte.
Así, la ansiedad de admirar el enorme busto de Guevara, que eriza la piel sobre la altura de La Higuera, se volcó antes a la necesidad de conocer, al menos, algunos de esos ejemplos, de esos hombres y mujeres, que anónimos y voluntarios, como vive La Poderosa, han tomado la decisión de dejar su tierra y su familia para luchar por una Latinoamérica con salud y educación para todos, pero todos.
Así, llegamos al Hospital Señor de Malta, en busca de los médicos cubanos, el mismo hospital donde se encuentra la lavandería, histórica por recibir al cuerpo del Che. Visitamos la recepción y algunas salas, pero no pudimos dar con los cubanos. Y entonces preguntamos por ellos. “Allí están, cómo que no los ven”, nos respondió una mujer, con un escobillón en la mano. “¿Dónde?”, preguntamos, viendo, sin ver. “Ahí, son esos, los que están removiendo la tierra y pintando la reja de la lavandería, para sembrarle flores a ese lugar donde pasó el Che”.
Minutos después, una decena de voluntarios trabajábamos reacondicionando ese espacio emblemático, entre charlas enriquecedoras e inolvidables para La Poderosa, con ese grupo de la brigada Henry Reeve, formada por médicos cubanos que se ofrecieron para ayudar al pueblo norteamericano luego del desastre que ocasionó el huracán Katrina y que, tras el rechazo del gobierno estadounidense, se dedicaron a colaborar con otros pueblos heridos. Por tanto, el doctor Luis Enrique Boné, María Isabel Martínez, Miguel Angel de la Torre Rojas, Yang y Lázaro Izquierdo Machín estarán presentes siempre en el motor de La Poderosa y en la razón de su existir.
- ¿Cuál es puntualmente su misión aquí?
María Isabel: Junto con Luis, ambos coordinamos la misión médica en Bolivia, en Santa Cruz. La brigada médica llegó inicialmente por la emergencia, a partir de las lluvias que inundaron varias regiones. Sin embargo, lugares como las comunidades más intrincadas de Vallegrande, que ustedes saben que tiene para nosotros una significación importante y es el sitio de honor de la brigada médica cubana, han estado en emergencia constante desde la desatención o mala atención que han sufrido sus habitantes de acá, en comunidades como Masicurí, Alto Seco, o Pucará. Primero, porque hay escasos recursos para atender la medicina, y segundo porque los pacientes tienen pocos recursos para destinarlo en función de la consulta médica. En este sentido, 14 compañeros nuestros, hoy están vinculados a las comunidades más intrincadas y de manera especial recientemente se abrió el puesto médico de la Higuera, que tiene una población aparentemente pequeña, pero allí fluyen varias comunidades, ocho específicamente. Ahí hubo que hacer la construcción civil del puesto médico, porque estaba cerrado hasta este momento. Y el pueblo de la Higuera con un agradecimiento importante, con una deuda histórica, de haber visto por última vez a nuestro Guerrillero Heroico, acogió la idea y cubanos, argentinos, japoneses, bolivianos, empezaron la construcción civil hasta poner en marcha el puesto médico Ernesto Che Guevara, equipado con lo que tenemos de tecnología de punta para un consultorio, con posibilidad de acceso a toda la población.
De igual forma, estamos en todas las comunidades brindando asistencia médica gratuita, con equidad, para que le llegue a toda la población. También se inauguró el centro oftalmológico Santa Cruz de la Sierra, donde se hacen un grupo de operaciones oftalmológicas gratuitas para toda la población de Santa Cruz, incluyendo los vallegrandinos, de los cuales varios ya se han operado porque no veían, por falta de una operación que les costaba 2000 dólares o 1500 dólares y en este momento, de forma gratuita, ya recuperaron la luz, volvieron al paso firme, a reintegrarse a la comunidad, a brindar servicio, y no son una carga familiar. Gracias a la ayuda solidaria del pueblo cubano, por la cual un día se derramó sangre tan valerosa como fue la sangre de nuestro Comandante Ernesto Che Guevara. Sólo la primera semana, se desarrollaron más de trescientas operaciones y pensamos seguir realizando un promedio de 50 o más operaciones visuales diarias, de enfermedades oftalmológicas, para controlar la ceguera prevenible en todo Santa Cruz y en Bolivia. Estamos tratando de controlar la ceguera por la cual 60 millones de personas en el mundo son discapacitados, porque hasta el momento las autoridades internacionales de salud no habían tenido la posibilidad de hacerlo. Por voluntad e idea de nuestro Comandante en Jefe Fidel Castro, apoyado incluso también por la dirección de la revolución bolivariana, hoy estamos en un grupo de países del mundo trabajando sobre la oftalmología y resolviendo sus problemas de salud que hasta hoy no han sido resueltos.

-¿Cuánto tiene que ver el avance de la Operación Milagro con la conducción actual de Bolivia?
Luis Enrique: Realmente la solidaridad en Cuba está desde el inicio de la revolución. Prueba de esto es el propio Guerrillero Heroico, cuando empezó en África por la parte del Congo, donde estuvo con un grupo de compañeros cubanos. Y después estuvo en Asia. Y después estuvo en América. Y desde ese día hasta hoy, independientemente del partido político, del gobierno que haya, de las razas, nosotros no tenemos en cuenta estas cosas, sino que ejercemos nuestra profesión porque fundamentalmente es una función humanitaria y estos son programas de salud humanitario, mediante principios, como el que nosotros llamamos en Cuba, desde niños, el principio de internacionalismo proletario, del cual fue un gran maestro y exponente el Guerrillero Ernesto Che Guevara. Evo Morales sí tiene la virtud de haber permitido, en mayor proporción, a los médicos cubanos poder ayudar a este proyecto social para que nosotros tengamos el privilegio de brindar nuestros servicios de salud a nuestro hermano pueblo, que además tiene una relación histórica con el nuestro.
Realmente Bolivia está apostando a la salud y a la educación. Y a partir de eso, ha estado por encima de las opiniones de los distintos partidos y de las propias autoridades que no han visto a la salud como un derecho de todos. El día que inauguramos el centro oftalmológico en Santa Cruz de la Sierra, Evo Morales cumplía exactamente tres meses de su toma de posesión. Y eso es un dato significativo, porque en esos tres meses, es el segundo centro oftalmológico para la Misión Milagro que inaugura, en los cuales las comunidades más intrincadas de toda Bolivia, han tenido un médico y han tenido medicamentos gratis a partir de la brigada médica cubana. En esos tres meses, lo que pudo haber sido una epidemia, se controló a partir de las brigadas. En esos tres meses, empezó el programa de alfabetización. Quiere decir que es un gobierno que apuesta por los derechos del ser humano, del ser humano que no nació para ser ignorante, ni para morir antes de tiempo. La salud, realmente, pertenece a todos. Y en ese sentido, no cabe duda de que en Bolivia hay una voluntad política pensando en el pueblo constantemente.
-¿Cuál es tu función específica en la brigada, Miguel?
Miguel: Soy especialista de segundo grado en ortopedia y traumatología. En estos momentos estoy de coordinador de los médicos cubanos aquí en la brigada médica que radica en Vallegrande. Estamos diseminados para tener representación médica en los cinco municipios de la provincia y esperamos en el futuro incrementar nuestra presencia. Hemos hecho un recorrido por el viejo hospital Señor de Malta, al cual pertenece esta legendaria lavandería, con el objetivo de realizar una remodelación capital del hospital y establecer equipos de tecnología avanzada, con participación activa de más 40 especialistas cubanos. Ese es el objetivo inmediato. Seguir consolidando el trabajo en las comunidades, y al mismo tiempo, consolidar el trabajo aquí a nivel del área hospitalaria.
- ¿Qué significado tiene para ustedes, habiendo estado en otras misiones y países, que sea puntualmente Vallegrande el lugar donde les toque trabajar ahora?
Miguel: Para nosotros es un privilegio estar trabajando en Vallegrande, por lo que significa la figura del Che para todos nosotros. En lo particular es un compromiso especial porque soy de la ciudad de Santa Clara, donde está erigido el mausoleo, donde descansan los restos del Comandante Guevara y de sus compañeros. Es una gran suerte y digo que es una suerte, porque todos mis compañeros médicos que se encuentran en nuestro país, hubiesen querido estar en este lugar y es por eso que lo consideramos un privilegio. Un privilegio para el cual estamos seguros de que vamos a saber responder de manera importante.
- ¿Con qué problemas de salud se encontraron, al llegar a Bolivia?
Miguel: Los pacientes son pacientes especiales, que han carecido durante toda su vida de atención médica elemental. Hemos abordado algunos sitios donde nunca hubo asistencia médica. De igual forma, los pacientes estaban sorprendidos porque los medicamentos se los dábamos gratuitamente. Ellos nunca habían presenciado una situación tal. De igual forma, abrimos asistencia médica en sitios donde nunca antes lo había. Por ejemplo, inauguramos un consultorio médico en el poblado de La Higuera, donde fue asesinado el Comandante Ernesto Che Guevara, lo cual incrementa más el significado de nuestra presencia aquí. Porque hemos ido seleccionando los sitios más apartados para trabajar en esos lugares. En la Higuera verán que lo hemos dotado de equipos de alta tecnología, en relación con la atención primaria de salud. Instalamos un generador eléctrico, hay equipos de electrocardiograma, hay equipos de oftalmología, y de igual forma están dotados de todos los medicamentos que son ofertados gratuitamente a los pacientes. En una semana de atención, hemos tratado a más de 70 pacientes. No solo del poblado de la Higuera, sino de las comunidades de alrededor, una población de más de 1020 pacientes.
- Lo que más sorprende, quizás a los que no son cubanos, es que un grupo de médicos, de profesionales tan preparados que están abocados a semejante misión, en su tiempo libre estén pintando o chapeando el césped. ¿Cómo se organiza eso?
Miguel: Es todo iniciativa nuestra. Entre todos decidimos las cosas que vamos a hacer. Esto de restaurar un poco esta legendaria lavandería fue idea de todos, un deseo del grupo, y lo llevamos a la marcha inmediatamente. Pintamos la cerca y plantamos un rosal formado por diferentes variedades de rosas, rosas de alta significación para nosotros, porque va a dar la posibilidad de que las flores siempre estén adornando esta zona.

- ¿Cómo han sido recibidos por los pacientes?
Miguel: Los pacientes están muy satisfechos con nosotros. Nosotros entramos aquí a raíz de una situación de emergencia y hemos tenido que hacer algunos cambios de médicos, por razones lógicas. Y los pacientes siempre están tristes cuando les cambiamos un médico. O sea que eso habla del deseo de la población, y del temor de que no vaya a regresar un médico. A veces retiramos un médico para moverlo a otro lugar de más necesidad, pero siempre restauramos el médico en el sitio anterior. O sea que colocamos un médico más.
- ¿A cargo de cuántos médicos estás?
Miguel: Nosotros en estos momentos conformamos una brigada de once compañeros. El que les habla, Miguel de la Torre; Orlando Bernal, médico de provincia Habana; el doctor Yans Cosquilluela, médico de provincia Habana; la doctora Tamariz Castro, también médica de la ciudad de la Habana; el doctor Lazaro Rodríguez, de Granma; el doctor Lázaro Casimiro, que en este momento está en la Higuera y es de Habana también; Teresa Caballeiro, de la Habana; la doctora Greisis del Sol, también de provincia Habana; la doctora Mirta Elena Hernández, especialista de terapia intensiva de provincia Habana; el doctor José Carlos, especialista en gastroenterología, también de provincia Habana; el doctor Quintana, especialista en pediatría; y la doctora Estrella Rodríguez, especialista en medicina general integral. Ese es el grupo completo. Ahora mismo nos vieron pintando, porque tenemos la potestad de movernos y como el Che, que en un momento abandonó la atención de los pacientes para dedicarse como tal a otra actividad, que fue la salud de los pueblos como él decía, nuestros médicos pueden transitoriamente dejar de atender pacientes y trabajar en la construcción de este hospital.
- Siendo tan joven, ¿qué es lo que más te motiva de esta experiencia, Yang?
Yang: Bueno, en particular me motiva mucho hacer algo por la memoria del Che, nuestro Comandante inolvidable. Para mí es un honor inmenso poder, siendo tan joven, tan inexperto, tener la oportunidad de estar en un grupo de médicos con tanta experiencia, con tanto nivel. Para mí es un honor estar acá y dar mi granito de arena, en este lugar tan lejos de mi país, pero tan cerca en sentimiento. Porque acá expusieron el cadáver del Che, es un lugar histórico, y a nosotros nos mueve mucho el alma. Para nosotros significa mucho todo esto del Che, las cosas que hizo, el legado que dejó. Acá sentimos que sigue vivo porque la gente habla de él y todo el mundo lo recuerda con mucho cariño. Entonces pues es un honor inmenso estar aquí y poder hacer algo. Ser útil, que es lo más importante en la vida. Y poder construir y fundar. Esas son las cosas a las que yo le doy importancia y por eso bueno, al igual que todos mis compañeros, estoy muy motivado por estar acá, en este lugar privilegiado, donde el Che libró sus últimos combates. Y donde supuestamente lo asesinaron, pero no lo mataron, porque aún sigue vivo entre todos nosotros. Y se seguirá multiplicando en toda la gente que quiera cambiar y mover el mundo. Se seguirá multiplicando en todos ellos.
- Como cubano nacido dentro de la revolución, ¿qué te genera encontrarte con personas de 50 años que nunca fueron atendidos por un médico?
Yang: Lo primero que me genera ver esas cosas es una gran fuerza de hacer, de seguir luchando y de seguir construyendo cosas nuevas. Muchas ganas de cambiar la realidad, de poder ayudar. Los cambios siempre vienen de adentro, pero uno siempre puede ayudar, poner su grano de arena. Y me siento muy complacido de poder atender gente que muy difícilmente pudiera tener un médico en su comunidad, porque tienen que viajar grandes distancias para poder recibir una atención médica. Para mí es algo muy hermoso poder ayudar a esa gente que no tiene mucha perspectiva. Es algo lindo, algo precioso. Es lo que más me gusta de salir de misión y de estar en otros lugares del mundo. Porque me siento útil y creo que puedo ser necesario en algún lugar. Y es una gratificación muy profunda para cada médico. Poder brindar esa ayuda tan necesaria en tantos lugares de nuestra América, de nuestro mundo, que necesitan una ayuda. Y si depende de la mano cubana, seguro que la tendrán. Si nos dan la oportunidad, en cualquier lugar de este mundo, seguiremos llegando, para seguir ayudando y seguir creando. Y sembrando vida, que es lo que hacemos los médicos. Sembrar vida y esperanza.
- ¿Cómo se formó la brigada Henry Revee?
Yang: El motor impulsor de la creación de la brigada fue el sufrimiento del pueblo americano. Nosotros tenemos una histórica controversia entre gobiernos, pero entre pueblos no. Siempre el gobierno de Cuba y el pueblo de Cuba se solidariza con el dolor y eso fue lo primero que motivó el huracán Katrina, motivó extender esa mano amiga. Vimos imágenes de Nueva Orleáns abominables, terribles. Una ciudad inmensa, de casi un millón de habitantes, casi totalmente cubierta por el agua. La gente en los techos, o hacinada en estadios, sufriendo y con necesidad real de tener una atención médica, porque no daban a vasto en ese momento, siendo el imperio. Entonces nuestro Comandante, en un gesto de solidaridad inmenso, salvando todas las diferencias, creó nuestra brigada para ayudar al pueblo americano. Teníamos unas dos toneladas de medicamentos que iban con nosotros, éramos mil y tantos de médicos que al final fueron muchos más. Se multiplicaron. Entonces ese fue el motor impulsor de nuestra brigada, tratar de brindar una mano amiga. Desgraciadamente por cuestiones de orgullo, político, prepotencia, racismo también, porque Nueva Orleáns es una ciudad donde predomina la raza negra, no nos aceptaron la ayuda. Pero igual no nos desanimamos por eso. Seguimos por este mundo ayudando. Yo estuve en Guatemala, donde fue la primera acción de la brigada Henry Reeve. Allá murieron bastantes personas por la tormenta Stan y fue el primer golpe de solidaridad de nuestra brigada. Y hemos seguido. Estuvimos en Pakistán, que fue una misión heroica, en la cual los médicos están en condiciones muy difíciles, en lugares muy lejanos y con una cultura muy diferente. Y ahora estamos aquí en Bolivia, también con mucho amor. Hemos estado ayudando y brindando una mano.
- ¿Has encontrado gente bien informada o mal informada sobre Cuba en Bolivia?
Yang: Bueno, te diré que lo que he podido percibir es que la información es diversa. Por un lado hay gente que se solidariza. He tenido amistades que tienen hijos en Cuba estudiando medicina, o sea que han sido tocados por la solidaridad cubana. Por un lado hay gente que me habla muy bien, con mucho cariño de los cubanos. Aquello del Che, ese amor, ese contacto que tenemos mediante la figura del Comandante Heroico. Y otra gente que no conoce la realidad. Porque siempre los medios masivos de información, las trasnacionales, siempre responden a sus intereses y han esparcido una información errónea de nuestro país, que no es la más aceptada. O quizás sólo se centren en algunos defectos, algunos errores, que como todo país, toda sociedad, tiene. Es diversa. Algunos dicen que es una sociedad que no tiene problemas, y otros dicen que es una sociedad donde hay dictadura, o represión, que por supuesto, ustedes han estado en Cuba y saben que no es así. Hay mucha desinformación, pero nosotros nos hemos dedicado a enseñar la verdad de nuestro país, de nuestra realidad. Y la gente va comprendiendo y va entendiendo que unas personas que vienen ayudar desinteresadamente, un gobierno que ayuda así, no puede ser un gobierno malo, tiene que ser un gobierno amigo, solidario, y que engendra cosas buenas.