La Poderosa


Jugamos todos para El Che
23 Octubre 2008, 8:18 pm
Archivado en: La Poderosa en Buenos Aires

Tanto para decir. Tanto como que el Fútbol fue más Popular que nunca. Tanto como que los pibes de distintos barrios se pusieron de pie y lucharon jugando. Tanto como que el campo de juego fue la calle y la calle albergó una nueva Jornada de Fútbol Popular, un tanto distinta, pero como siempre y más que nunca efervescente.

 

En el límite entre San Miguel y José C. Paz, el Club Social y Deportivo El Che había sufrido recientemente el saqueo y la expropiación del potrero donde los pibes ejercen su derecho a jugar. La visibilidad mediática del club, y, por ende, de todo lo que representa, hirió susceptibilidades de quienes no comparten los valores reivindicados por el club, lo que terminó generando la invasión de ese espacio colectivo creado por un grupo de padres que en 2001 puso en marcha este proyecto como una respuesta comunitaria a la crisis. Primero, saquearon las instalaciones del predio. Y posteriormente, familias en busca de una vivienda digna fueron orientadas, con falsas promesas, a ocupar el potrero.

 

El Fútbol Popular decidió no ser ajeno al conflicto que sin dudas afectaba directamente a todos. Llevar a cabo la jornada en condiciones normales implicaba que los compañeros de San Miguel no participaran, y en el Fútbol Popular nadie se queda afuera. Por eso, los pibes de otros barrios no dudaron ni un segundo en sumarse a la defensa de lo que creen legítimo. Así, el trapo que gritaba “Jugamos todos para El Che, con el corazón” llegó al predio ubicado en Pichincha y Rivadavia, escoltado por bombos que hacían latir todo a su paso. La emoción no tuvo límites. Y la convocatoria tampoco. A las delegaciones barriales se sumaron organismos de Derechos Humanos que dieron su apoyo a la defensa del potrero. Y así, todos jugaron para El Che.

 

¿En qué consistió esta defensa? En partidos sobre canchas armadas en las calles aledañas al predio, rodeados por talleres de cumbia y capoeira, con debates en todos los espacios para fortalecer la unidad de los vecinos y el reclamo colectivo por la vivienda digna y el derecho a jugar de los chicos. La reflexión no podía faltar, y en cada una de las canchas todos coincidieron en lo importante que era estar bancando a El Che en un momento así. La solidaridad y el compañerismo se palparon como nunca en un día con vivencias intensas.

 

 

Che, ¿cuáles fueron los resultados? Esta vez no se jugó por los puntos, por decisión de todos, porque eso está lejos de ser lo más importante en este equipo de equipos, que se llama Fútbol Popular. Y eso quedó bien claro en esta sexta jornada inolvidable.

 

Pero no sólo eso. La movilización comunitaria legítima también sirvió para resaltar más que nunca las bases fundamentales e históricas de esta organización en la que participan pibes de diferentes barrios, tomando al fútbol como herramienta para trabajar las problemáticas comunes. Por eso, el anonimato y el voluntariado son los estandartes inquebrantables del Fútbol Popular.

 

Estaba claro que esta Jornada tenía que ser especial y a nadie le quedó ninguna duda. El club el Che sigue de pie, en busca de una solución definitiva a la usurpación que ha sufrido y a la reivindicación del derecho a jugar de los chicos, ese derecho que no pasaron por alto los más de cien pibes que se solidarizaron con sus compañeros de San Miguel.

 

Y más clara aún quedó la certeza de que Hasta la victoria siempre se puede jugar, a fuerza de baile, música y fútbol, abrazados y mirándonos a los ojos.

 

 



Si el presente es de lucha, el futuro es nuestro
15 Octubre 2008, 4:34 pm
Archivado en: La Poderosa en Buenos Aires

Cobra la publicidad. Le dan lindo. Un montón de manitos le pegan desde atrás, sin haberlo visto, a un cartel de propaganda estática que les da la espalda. Más de veinte palmitas descargan la emoción y la ansiedad, taladrando la lona de una publicidad, que hace de redoblante y también de paravalancha en la tribuna del ring, durante la grabación de un programa de televisión, que por un día tiene la popular copada por el equipo mini de Zavaleta, del Zavaleta que lucha a diario, por la felicidad y contra la violencia. Porque bien saben quienes han pisado el barrio más de una vez, buscando algo más que alguna historia para vender, cuánto huevo hay abajo de la tortilla que siempre dan vuelta para el mismo lado, cuántas causales de noticias hay en el día a día de la villa 21 que casi nunca entran en la pauta de los diarios.

 

De blanco y negro, irrumpiendo en el fondo multicolor que enmarca la previa de un espectáculo despampanante, se hace su lugar en el público una barra mansa, que roza el metro promedio de estatura y que de repente se enciende, con una sonrisa que la atraviesa de punta a punta, desde el hoyuelo izquierdo de Noe hasta el cachete derecho de Claudio, como una línea de fracción, como un cinturón de dientes que une las 11 caritas de los mini. No es uniforme la línea dental porque más de uno tiene las paletas en pleno plan canje, pero además porque la banda salta y salta, y no deja de saltar. No es para menos. Está por venir el hombre del Hip Hop, uno de los tipos que la pelea bailando, como la murga popular de Zavaleta. Quizá por eso, sea el ídolo de los pibes. Y quizá por eso, las manos pegan más fuerte ahora, que está por entrar él, asomándose del humo, brotando mágicamente en un glorioso día en el que salió de la pecera, en el que está ahí, de carne y hueso, libre de pantalla, de caja y de cables. Quizá por eso, los gritos, los abrazos, los ojos fosforescentes. Quizá por eso, da igual que acaba de perder, frente a un temible par de grandotes enmascarados. Da igual, dio igual y va a dar igual cada vez que la memoria lo traiga desde la infancia, porque aun después del nocaut, el hombre del Hip Hop se acercó hasta la popu, y se envolvió la cabeza con la gloriosa blanca y negra del Fútbol Popular de Zavaleta.

 

De haber previsto la mirada Fabrizio o Josue en ese instante, seguramente el luchador hip-hopero hubiera utilizado tanto brillo para encandilar a los mastodontes, pero ya era tarde. Y nadie se acordaba del resultado de la pelea. Sólo quedaba buena parte de la emoción, y un pedazo enorme de orgullo, por haberle ganado a la realidad otro día inolvidable, jugando en equipo. Y es que ahí, en Zavaleta, hay una banda de pibitos que todavía no cumplieron 8 años, pero que ya luchan por su derecho a soñar, ejerciendo su derecho a jugar. No fue a las piñas que llegaron a tiempo para ver en persona a su ídolo, sino compartiendo metas y entrenándose cada semana, sin relegar la escuela, para crecer jugando y echándole luz a un camino de oportunidades, que vomita informes estremecedores cuando obliga a caminar a oscuras, pero que ya no es noticia si amanece cerrado con candado.

 

El domingo último, entre el papel picado que llovía en el ring y las luces coloridas de un show mediático, quizá los haya visto por la tele, abriéndose paso en un canal de aire y cumpliendo un sueño colectivo, que seguramente no publicarán todos los noticieros que descubrieron la villa 21 la semana pasada. Ojalá no la olviden de aquí en adelante, para investigar, con el mismo énfasis que abordan alguna tragedia, las condiciones de las salitas de salud y sus insumos, las escuelas y sus barreras, las viviendas y los derechos humanos, los vecinos y la solidaridad comunitaria. Sin tanto flash amarillo, se puede ver un barrio con historia y futuro, que lucha ciento por ciento, contra viento, marea y prensa, para crecer con dignidad.